Germaine Malaterre-Sellier (1889-1967) fue una destacada activista francesa, pionera del feminismo católico, defensora de los derechos de la mujer y de la infancia y delegada de Francia ante la Sociedad de Naciones. Figura conocida en los ambientes políticos y diplomáticos europeos de entreguerras, desarrolló una intensa labor humanitaria y de mediación internacional. Su compromiso la llevó a recorrer numerosos países y a implicarse en causas que consideraba justas, entre ellas la defensa de los refugiados y la denuncia de las consecuencias de los conflictos armados sobre la población civil.
Su figura ha sido recuperada ahora por el exsenador Iñaki Anasagasti en el libro Amigas sin estatua, presentado la pasada semana, una obra que rescata la memoria de nueve mujeres que ayudaron al pueblo vasco durante la guerra de 1936, el exilio y la posguerra. El propio autor explica el sentido de la publicación señalando que se trata de mujeres que “demostraron su amistad en los momentos más duros de la guerra que asoló el País Vasco (1936-1937)” y que, pese a ello, apenas han recibido reconocimiento público.
Sobre Malaterre-Sellier, Anasagasti destaca que “siendo nada menos que embajadora de Francia ante la Sociedad de Naciones en Ginebra, visitó Euzkadi en plena guerra y el Gobierno Vasco le acompañó a visitar el frente, a conocer cómo trataba a los presos personándose en la cárcel de Larrinaga y admirando el Roble de Gernika poco antes del bombardeo de la Villa Foral”. Añade además que fue miembro de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, impulsada en Francia por Manuel Intxausti, José Antonio de Aguirre y Javier de Landaburu, y que trabajó durante la posguerra para que la causa vasca fuera escuchada en las cancillerías europeas mientras combatía la consolidación internacional del franquismo.
"Le impresionó especialmente que las autoridades vascas permitieran el acceso a observadores internacionales en plena guerra"
Su trayectoria –destaca- estuvo ligada a los movimientos inspirados por Marc Sangnier, fundador de Le Sillon, una corriente que pretendía conciliar democracia, justicia social y compromiso cristiano. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera voluntaria cerca del frente. Allí conoció a quien sería su marido, Henri Malaterre, oficial de artillería. Aquella experiencia la marcó profundamente. Años después seguiría defendiendo el entendimiento entre los pueblos y una política internacional basada en la cooperación y no en la confrontación.
Jesús María de Leizaola, que la conoció personalmente, la recordaba como “una mujer elegante, culta y de fuerte personalidad”. Según contaba el propio lehendakari, poseía una extraordinaria capacidad para reunir en torno a una misma mesa a personas de opiniones políticas muy diferentes. Su casa parisina se convirtió en lugar de encuentro de intelectuales, políticos, diplomáticos y activistas en unos años especialmente convulsos para Europa.
Pero el nombre de Germaine Malaterre quedó unido para siempre a Euskadi en 1937. Aquel año, mientras la Guerra Civil avanzaba y el Gobierno Vasco intentaba explicar al mundo lo que estaba ocurriendo, la gala decidió viajar a Euskadi para conocer la situación sobre el terreno. Acompañada por el periodista sudafricano George Steer, uno de los primeros corresponsales que denunció internacionalmente el bombardeo de Gernika, recorrió distintas zonas del frente. Visitó la Casa de Juntas y el Árbol de la villa foral, símbolo de las libertades vascas, y mantuvo encuentros con responsables del Gobierno Vasco.
También visitó la cárcel de Larrinaga, en Bilbao. Le impresionó especialmente que las autoridades vascas permitieran el acceso a observadores internacionales en plena guerra, algo poco habitual en aquellos momentos. Su interés se centraba especialmente en la situación de las mujeres, la infancia y personas refugiadas, pero también en comprobar el respeto a las libertades fundamentales en medio del conflicto.
Tras la caída de Bilbao en manos ya franquistas y el éxodo de decenas de miles de personas hacia Francia, Germaine Malaterre se volcó en la ayuda a los refugiados. Participó en diferentes comités de asistencia y fue una de las figuras destacadas de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, creada para apoyar a quienes habían tenido que abandonar su tierra y para mantener viva la presencia vasca en el ámbito internacional.
"En la Segunda Guerra Mundial colaboró con la Resistencia francesa y participó en tareas de apoyo contra la ocupación nazi"
Aquella Liga reunió a personalidades tan relevantes como François Mauriac, Jacques Maritain, Ernest Pezet, Georges Bidault o el obispo Mathieu. Para muchos historiadores, aquel entorno constituyó uno de los espacios donde germinaron algunas de las ideas que más tarde darían forma a la democracia cristiana europea. El propio Leizaola –siempre según Anasagasti- sostenía que aquella organización había sido una especie de laboratorio político y moral en una Europa amenazada por los totalitarismos.
Germaine Malaterre siguió vinculada a los vascos durante los años del exilio. Mantuvo relación con José Antonio Aguirre, con Leizaola y con numerosos dirigentes que encontraron refugio en Francia tras la derrota republicana. También ayudó a tender puentes entre distintos sectores políticos y religiosos en una época marcada por las divisiones.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial tampoco permaneció al margen. Junto a su marido colaboró con miembros de la Resistencia francesa y participó en tareas de apoyo a quienes combatían la ocupación nazi. Su domicilio se convirtió en un lugar de encuentro para resistentes, intelectuales y políticos comprometidos con la libertad.
Quienes la trataron dejaron testimonios muy elogiosos. El jesuita Michel Riquet, resistente y deportado a Dachau, la describió como una mujer de amplias relaciones internacionales, comprometida con la defensa de los refugiados y capaz de intervenir ante gobiernos, diplomáticos y responsables religiosos en favor de quienes sufrían persecución o exilio.
Pese a todo ello, su figura fue cayendo poco a poco en el olvido. Falleció en 1967 sin grandes reconocimientos públicos. Con ella desaparecía una de las protagonistas discretas de aquella Europa que intentó defender la democracia, la solidaridad y el entendimiento entre los pueblos en tiempos extremadamente difíciles.
Por eso no resulta extraño que Iñaki Anasagasti la haya incorporado a su libro Amigas sin estatua, recientemente publicado. El autor rescata en sus páginas a varias mujeres que ayudaron a Euskadi durante la guerra y el exilio y que apenas han recibido reconocimiento. Como explica el propio Anasagasti, el libro reúne las historias de “nueve biografías a vuela pluma de mujeres que demostraron su amistad en los momentos más duros de la guerra que asoló el País Vasco (1936-1937) e incluso habla de la continuidad de su trabajo en la posguerra”.
Y añade una reflexión que encaja perfectamente con la trayectoria de Germaine Malaterre-Sellier: “Son amigas que no tienen estatuas en ninguna plaza ni en ninguna calle vasca. Y todas ellas lo merecen. En cualquier país la tendrían”.