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"Ya no pienso tanto en la cárcel y solo espero que un día se conozca la verdad"

Paco Larrañaga, el preso vasco-filipino que lleva quince años en prisión y que actualmente se encuentra en la cárcel de Martutene, apura seis días de permiso en Donostia para denunciar que está pagando por un crimen que nunca cometió

"Ya no pienso tanto en la cárcel y solo espero que un día se conozca la verdad"Ruben Plaza

Donostia. El encuentro tuvo lugar ayer a mediodía en Donostia. En un primer instante, resulta hasta un tanto desconcertante reconocer a Paco Larrañaga en ese joven sonriente, de ojos verdes y pelo engominado que acude a la cita tan solícito como reflexivo. Atiende a los medios con sus manos entrelazadas por la espalda, con esa pose de la gente dispuesta a colaborar. Larrañaga, de 34 años, es en la distancia corta un muchacho afable y mucho más delgado de lo que aparece en esas imágenes que recorrieron medio mundo, cuando fue acusado de un brutal asesinato del que siempre se ha declarado inocente. "Estoy seguro de que un día se conocerá la verdad", confiesa Larrañaga, que ayer se fundió en un emotivo abrazo con un amigo al que no había visto desde que estuvo en el corredor de la muerte.

¿Cómo se encuentra?

Nervioso. He salido de permiso...

¿De cuántos días goza?

Son tres días al mes, aunque ahora he cogido seis seguidos porque me he reservado los de marzo para estar con la familia. Mis padres no han podido venir, pero tengo la inmensa suerte de tener la visita de mi osaba todos los sábados. Es como mi segundo padre. Se llama Paco, igual que yo, y me siento muy arropado por él.

¡Se le ve más delgado!

Sí, mucho más. (Sonríe).

¿Se cuida mucho?

La verdad es que no. Lo que ocurre es que en Filipinas estábamos todo el día comiendo arroz, mientras que aquí la comida es mucho más sana. Además, mi mente está más tranquila. Es lo bueno de la cárcel de Martutene, que dispone de un buen equipo técnico y de profesionales. Yo venía de una prisión del tercer mundo y me he encontrado con educadores y psicólogas siempre disponibles.

¿Se siente raro al salir de la cárcel?

En realidad disfruto mucho, aunque ahora me siento algo más nervioso porque estoy dando entrevistas y no estoy acostumbrado. Hago el esfuerzo no solo por mí, sino por todos aquellos compañeros inocentes que siguen sufriendo en la cárcel.

Tiene un tatuaje entre los dedos...

Sí, es el número 45. Era la marca que llevábamos todos los de Cebú. En Filipinas solo existe un penal y, en caso de que a uno le decapitaran, gracias a este tatuaje se podía identificar al preso.

Media vida entre rejas y en esas condiciones...

Sí, al menos no me han ejecutado y sigo vivo. La verdad es que ya no pienso tanto en el tiempo que llevo en la cárcel y solo espero que un día se conozca la verdad.

Se hace raro hablar con usted aquí, en el Teatro Victoria Eugenia, sabiendo que el fin de semana volverá a prisión.

Es un poco triste. Es una vivencia emocional extrema. Ahora estoy feliz porque aquí afuera puedo escoger la comida que realmente me apetece, oler el café y disfrutar de la libertad. Pero el domingo por la mañana volveré a Martutene. Es un poco duro. Estuve en el corredor de la muerte siendo inocente. Y ahora estoy en la cárcel de Martutene en las mismas circunstancias... Es lo que hay.

¿No ha pensado nunca en fugarse?

No. En realidad es algo que estuvo buscando la familia de las dos chicas desaparecidas. Me arrestaron y me volvieron a dejar en libertad durante un tiempo. Me podía haber fugado entonces, pero no lo hice.

¿Y de haber sabido el infierno que le aguardaba?

No, quizá habría actuado de otra forma en algunos momentos, pero fugarme no.

Policías y fiscales ascendidos, el juez que le condena aparece muerto en un hotel en extrañas circunstancias... ¿Ha sufrido un kafkiano mundo de corrupción e injusticia?

A cualquiera que se lo cuentes no se lo cree. Es preciso ver el documental para conocer todos los detalles que rodean el caso. Sé que hay quien dice que una persona que lleva tantos años en la cárcel como yo es porque algo habrá hecho... Es triste oír ese tipo de cosas. Hasta la ONU dijo que no hubo un juicio justo.

Se habló mucho del supuesto poder de su familia, pero ¿acaso le ha servido para algo durante todo este calvario?

Más que ayudarme, me ha perjudicado porque desde el principio se hizo un juicio paralelo...

Y así durante quince años. ¿Cómo lo hace para aguantar el día a día?

He tenido días malos, momentos de debilidad, pero luego te entra el enfado por la injusticia que se está cometiendo. Es un comportamiento muy diferente al del verdadero criminal, que se acaba sintiendo mal por lo que ha hecho.

¿El asesino se acaba derrumbando siempre entre rejas?

Sí, se odia a sí mismo, y suele padecer de depresiones por ello. Es algo que he visto muchas veces, y son situaciones en las que uno también puede ayudar, porque estas personas, aunque culpables, lo están pagando.

"No matarme. No matar a otro y no buscar problemas". Lo dijo siendo un chaval. ¿Fue su táctica para sobrevivir en prisión cuando entró con 19 años?

Entré en la cárcel con esa edad, y no tenía la cabeza muy bien amueblada. Necesitaba aferrarme a esa consigna durante ese tiempo. Pero van pasando los años, y luego las cosas cambian. A veces piensas en rendirte, y te obligas a pensar: hoy no, quizá mañana. Y llega el día siguiente y vuelves a decir: hoy también aguantaré. Y va pasando el tiempo, un año tras otro... (Se hace un silencio).

¿No ha tenido la sensación de que su vida ha sido un mal sueño?

No sé, la vida es así, incluso la vida de una persona normal también tiene sus sacrificios. A mí me ha tocado pagar por el capricho de una familia que me incriminó, pero hay otras personas que tienen cáncer, o sufren una parálisis tras caer de un caballo.

Dicen sus propios padres que usted era un chico que se metía en peleas, pero que de ahí a ser un criminal...

Era una época en la que estábamos en el seminario. Todo éramos chicos y nos hacíamos pequeñas putadas. Había pique entre los mestizos, y sí es verdad que hubo problemas. Pero de ahí a secuestrar, violar y matar a una persona...

¿Llegó a conocer a las víctimas?

Nunca.

Más de 40 testigos declararon que estaban con usted el día de los hechos en Manila, a 560 kilómetros de Cebú. ¿Cómo es posible que no se les tuviera en cuenta?

El juez no quiso escuchar nada. Estaba muy presionado. Recuerdo que me miraba y decía: ¿Por qué tienes que presentar testigos si te voy a condenar igual?