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El coleccionista de tatuajes

Es la hora en la que en el bar casi no resta oxígeno. El humo de tabaco y tiempo quemado envuelve cuatro lámparas agonizantes cubiertas de un sudor amarillento. Los altavoces tiemblan al compás de 'Should I stay or should I go' de The Clash. Joe Strummer, Mick Jones y Paul Simonon sabían soldar versos oxidados con latas vacías

04.01.2020 | 06:20
El coleccionista de tatuajes

lA barra es como una escollera contra la que chocan las últimas olas de la noche. Con su espuma. Y mil restos de naufragio. El ritmo hipnótico del bajo de Simonon suena al latido de un corazón desesperado. En el local todos están acompañados pero se sienten solos. Buscan una playa. Ni siquiera necesitan el calor del sol. Pero quieren arena suave y ondulada. Y una brisa tibia. Strummer se desgañita.

"If you say that you are mine

I'll be here 'til the end of time"

Muchos bailan bamboleando las cabezas. Mueven el tronco adelante y atrás con los pies bien clavados en el suelo. Más que clavados, adheridos por un engrudo formado por cerveza negra, ceniza y polvo. Es el pegamento de la madrugada. Las luces rojas giran en una órbita elíptica generando extrañas sombras. Los focos blancos se encienden y apagan. Generan un mundo de dentaduras brillantes, ojos refulgentes y camisetas fluorescentes. Fantasmagórico. A pesar del volumen del sonido y los destellos, el tipo mulato duerme profundamente desparramado sobre su taburete. Parece increíble que se sostenga. A su lado danza la muchacha tatuada, la nuca rasurada, tres aros de acero en la oreja izquierda, una cruz en la derecha. Viste una camiseta de tirantes agujereada y unos shorts deshilachados sobre las medias negras que se van corriendo hasta las botas militares. Los zumbidos del bajo de Simonon le estallan en el pecho. Los siente. Y vibra con ellos.

One day it's fine and next it's black

So if you want me off your back

Un dragón chino multicolor envuelve el brazo izquierdo de la chica. Mira con los ojos entrecerrados desde el hombro. La boca muy abierta en un gesto amenazante. En el brazo derecho, una Venus rodeada de flores surge de su concha con el cuerpo muy estirado. En la espalda se adivinan motivos geométricos en tinta negra. Una frase en caracteres hebreos perpendicular sobre el esternón. Líneas étnicas en los muslos.

Ella se acoda en la barra. Se ha cansado de saltar. Empuja a un pendejo que queda de espaldas. El hombre se gira.

-Perdona, tío. No te he visto.

-No pasa nada. ¿Quieres otra cerveza?

Ella lo calibra. Es un hombre sin edad. Flaco. Escurrido. Calza unas camperas, tejanos estrechos y una camisa negra lisa de manga larga. La lleva completamente abotonada. Hasta la nuez. Y los puños, igual. Lo ve borroso. Pero no porque haya bebido demasiado, que también, sino porque las facciones de la cara del individuo resultan indefinidas.

Acepta la birra. Se la aceptaría al mismísimo diablo. Y una docena de botellines más. Sabía cuidarse. Lo había hecho desde que tenía memoria. ¿Sería un baboso? ¿O un pobre profesor de universidad en plena crisis conyugal? ¿Un poli camuflado? Con la camisa cerrada como un cura y no suda. Interesante.

Es un loco de los tatuajes. Habla de las tintas y de las técnicas. "Admiro la escuela de Norman Collins, ya sabes, Sailor Jerry. Fue el primer tatuador occidental en aprender de los grandes maestros japoneses. Me van los colores fuertes, las anclas, barcos, botellas de licor, sirenas, las águilas americanas, los iconos cherokees. Todo eso. Y una buena cabina de camión Mack. Ya me entiendes". Ella escucha cada vez menos. Pero asiente.

"El blackwork me chifla. Esa tinta negra cubriendo grandes áreas de piel. Y las figuras geométricas surgiendo en el vaciado a la vez que generan un flujo de diseño en el cuerpo. No estoy nada de acuerdo con quienes lo llaman neotribal". Sabe de lo que habla. A ella también le mola el blackwork. Entre el tobillo y la rodilla de su pierna izquierda luce una buena muestra de ese estilo.

"Tengo un montón de tatuajes. Si vienes a mi casa, te los enseño", propone el lila. El argumento de los tatuajes se utiliza con quince años, cuando casi nadie ha visto uno de cerca. Pero ya no. El tipo no huele mal. Ella le guiña un ojo: "vale, enséñame tus tatuajes, cielo". Necesita dormir. Y comer algo. Strummer ha callado. Un cigarro le vendría bien.

Caminan por una calle estrecha de farolas tartamudas y gatos mojados. Suben unas escaleras retorcidas hacia una casa baja y tuerta. Los charcos irisados reflejan el cielo de hule pardo. Faltan letras en los nombres de las estradas y números sobre los portales, como si aquél barrio perdido fuera analfabeto. La llave en la cerradura suena como una tiza en la pizarra.

Un apartamento humilde. Vulgar. Ella se lanza hacia la nevera. Toma un enorme yogur de frambuesa y lo devora con la cucharilla que tenía clavada. Abre un bote de cerveza. Le encanta el olor ácido del gas del bote al salir con un bufido.

"¿No te vas a quitar la camisa? Quiero ver tus tatuajes". Él se muestra sorprendido. "Si quieres, me la quito", responde. Se suelta los botones de los puños, despacio. Después, todos los demás. Se saca la camisa con un gesto rápido. Ni un solo dibujo. Nada de tinta. Pecas, algún lunar. Mucha piel muy blanca.

"Los tatuajes los tengo aquí", susurra a la vez que abre la puerta de dos hojas de un enorme aparador. El mueble posee luz dentro. Alumbra decenas de tatuajes, con su piel, clavados con alfileres sobre un fondo de corcho. "¿Qué te parecen?".

Para cuando ella quiere reaccionar ya ha recibido el primer golpe en el cráneo.

"If I go, there will be trouble.

And if I stay it will be double".