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Entre la imaginación y el imaginario

Entre la imaginación y el imaginario

1 > Blancanieves

Dirección y guión: Pablo Berger. Intérpretes: Maribel Verdú, Ángela Molina, Macarena García, Daniel Giménez Cacho, Pere Ponce, Josep María Pou, Sofía Oria, Inma Cuesta, Ramón Barea, Emilio Gavira, Sergio Donado... Duración: 104 minutos

Pablo Berger (Bilbao, 1964) no ha jugado a ser un visionario, pero sí ha tenido el don de la anticipación al elegir un modelo que encandiló en The Artist y un personaje (Blancanieves) que ha estado en cartelera en otras dos ocasiones este año, que nada tienen que ver con su asombrosa e inspiradora adaptación basada en el famoso cuento (mejor dicho en varios de ellos) para crear un relato que ejerce un poder hipnótico a través de la composición de cuidados fotogramas, una exquisita música y un montaje a la altura.

En las imágenes de Blancanieves reverberan imágenes que recuerdan y homenajean al cine mudo europeo de los años 20, a multitud de referencias ibéricas y culturales que hace suyas y distorsiona para crear una "poesía de las estructuras" en la que importa más el cómo que la propia narración. Como Eisenstein, paradigma del creador que controla el material fílmico y no deja nada al azar, Berger crea, sobre todo en la primera parte, figuras que buscan tanto la plasticidad como el enfoque deformador o valleinclanesco. Una cantaora (Inma Cuesta) con su iconográfica mantilla; un torero y una abuela lorquiana (Ángela Molina) son personajes que traspasan de lo físico y lo orgánico para crear una yuxtaposición de brillantes secuencias. Tal y como relata el teórico Nöel Burch, "en el apogeo del mudo el fin de fines consistía en contar historias sólo con imágenes".

Berger eleva las imágenes a la categoría de materia fílmica, cine sobre la herencia del cine. Una película que maravilla, sobre todo en la primera parte. Nada deja al azar Berger, que diseñó durante dos años los fotogramas más poderosos y efectivos. Imágenes que nos retrotraen al maestro Dreyer o el esperpento español. Berger y Alex de la Iglesia, excolaboradores y dos bilbainos de pro, son probablemente los directores que mejor han distorsionado las referencias ibéricas desde el distanciamiento y el interés iconográfico. El director de Torremolinos 73 entiende que esta vez solo se puede llegar a la universalidad (Blancanieves ha sido vendida a numerosos países) operando sobre imágenes que dialogan entre ellas, que siembran tanta imaginación (puro talento) como un imaginario iconoclasta. En Blancanieves, Berger hace una labor de contención, de intentar asimilar todas sus influencias para confluir en una historia de una joven, hija de un torero y una cantaora que termina en casa de una madrastra malísima, implacablemente interpretada por Maribel Verdú, que por fin hace de mala. Una mala patética que clava.

Después de tanto tiempo de creación y de espera en busca de financiación, el artista bilbaino merece vivir su momento y sembrar las mieles de su trabajo. Porque de él proviene una de las películas más deliciosas del año, como certifica su candidatura para representar a España en los Oscar y su paso por el Zinemaldia. A pesar de sus influencias y de su lectura posmoderna, es una obra que pueden disfrutar tanto mayores como niños. Y no hace falta que lo comparen con The Artist. Poco tiene que ver. Hazanavicius rinde tributo al cine musical estadounidense y a un periodo de transformación que afecta el cine mudo que avanza hacia el sonoro mientras fascina a fuerza de la expresión corporal y la aparatosidad teatral de la nostalgia.

Podríamos decir que The Artist cautiva, y Blancanieves convence. Desde el punto de vista narrativo, Blancanieves tiende a crear sentimientos a través de las imágenes deformadoras y a asombrar a través de su puesta en escena. El relato, la historia de la niña que sobrevive y huye de la madrastra, es lo de menos. Ahí se diferencia de The Artist. No es que no se cuente mucho en Blancanieves, pero el espectador está tan expectante de cómo lo cuenta que finalmente solo recordará las sensaciones por encima de lo narrado. Lo que importa es la sensación de haber visto una gran película, más cerca que nunca del Oscar.