iruñea. Han transcurrido 73 años desde aquella fuga legendaria, pero el dolor sigue siendo muy intenso. El 22 de mayo de 1938, 795 presos del franquismo del Fuerte de San Cristóbal escaparon de la prisión de Ezcaba, pero sólo tres de ellos consiguieron llegar a Francia. 207 fueron asesinados en su huida a la libertad. Y todavía duele. Neus Miró, casada con el hijo del nieto de Antonio Raya, un vecino de Guadix (Granada) que falleció en la fortaleza, se deshizo en lágrimas cuando le entregaron los restos exhumados de su familiar.
"Es muy emotivo", dijo Miró al término del acto convocado por las asociaciones de memoria histórica Txinparta y la Asociación de Familiares de Fusilados, Asesinados y Desaparecidos en Navarra en 1936. "Es muy fuerte pensar que por fin lo llevamos a casa con su hermano -ya fallecido-, que se pasó la vida pensando que había desaparecido", agregó. Igualmente emocionado se mostró el hijo de José Fuster, natural de Cáceres, que también perdió la vida en el Fuerte de San Cristóbal y cuyos restos fueron entregados finalmente a su familia.
El acto de este año, en el que cientos de personas conmemoraron el 73º aniversario de la fuga de la fortaleza, estuvo marcado por los testimonios de personas que perdieron a sus seres queridos entre los muros de la prisión franquista.
Sus historias no dejan lugar a la duda sobre las injusticias que se cometieron con estos prisioneros de guerra. Carmen Cacho, nieta de Marcelino Díaz Alonso, narró cómo su abuelo fue detenido por los "fascistas" de su pueblo en 1937, únicamente por "la denuncia de un vecino que le acusaba de leer periódicos republicanos". En la ficha de Díaz, casi como para rematar la aberración, se añade que estaba retenido por "tener ideas avanzadas". Así que el preso 2.068 fue apresado con 35 años por estos dos cargos, dejando a una esposa viuda con tres hijos. "Mi abuela era una mujer fuerte y con carácter, pero no tengo ningún recuerdo suyo sonriendo", relató Cacho.
Heroínas El abuelo de María Josefa Rodríguez, Andrés Rodríguez, también fue detenido por el delito de ser el alcalde socialista de un pequeño pueblo de Cáceres. "Mi abuelo conoció a una de sus hijas a través de los barrotes de la prisión, porque su mujer estaba embarazada cuando lo detuvieron", narró Rodríguez, quien tuvo una especial mención para su abuela, una auténtica "heroína de guerra, como muchas más mujeres". "Por la noche aporreaban la puerta de su casa y la amenazaban de muerte a ella y a sus hijos, y nadie le ayudaba porque era la esposa de un rojo", relató. Su abuela se llamaba Justa Blanco Pausa, pero, como otras muchas mujeres, "no tuvo una vida justa", vivió siempre de "negro, de luto, y tuvo que irse para evitar que la mataran".