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Fue una lucha desigual. La de la potencia contra el talento. La de la número 1 de la clasificación mundial frente a la de una jugadora que había vuelto al circuito hace apenas cuatro semanas y que accedió al Abierto de Australia por una invitación de la organización. Fue la lucha de la defensora del título y primera cabeza de serie ante una tenista que demostró que, pese a sus casi dos años alejada de las pistas, aún tiene mucho tenis en su raqueta. Fue la pelea entre el tenis del siglo XXI y el último vestigio de la técnica que caracterizó el juego hasta la llegada de los nuevos materiales. Se impuso la lógica, por agotamiento. Venció Serena Williams a Justine Henin porque a la belga se le acabó la gasolina. Justo cuando tuvo a la estadounidense desconcertada. Justo cuando el milagro parecía posible. Justo cuando se cumplieron dos horas de juego. Justo cuando su cuerpo menudo, su 1,67 metros y sus 56 kilos, dijo basta. Y entonces resurgió La Bestia, desde sus 175 centímetros y 68 kilos, para anotarse el partido (6-4, 3-6 y 6-2), su quinto título en Melbourne y su duodécimo Grand Slam.

Desde el principio se vio que iba a ser una lucha sin cuartel. Ninguna de las dos jugadoras dio su brazo a torcer en el primer set. Serena se defendía desde el fondo de la pista con golpes planos y contundentes. Justine buscaba las líneas y los ángulos en un ejercicio de eficacia y meticulosidad. Comenzó metiendo el miedo en el cuerpo a la defensora de la corona, pero no supo aprovechar sus oportunidades. Lo contrario hizo la menor de las Williams que quebró el servicio de su rival en el cuarto juego para colocarse con un 3-1 y servicio a su favor. Todo parecía decantado en este primer set, pero Henin mostró su clase para colocarse 4-4 antes de ceder la primera manga en 51 intensos minutos.

En el segundo acto surgió la mejor versión de la belga. Como si los 19 meses de ausencia no pesaran sobre su cuerpo. Como si los apenas once partidos que ha jugado desde su vuelta no fueran un inconveniente ante la fortaleza americana. Henin rompió tres veces el servicio de su rival e igualó la contienda. Había encontrado la forma de hacer daño a una Serena menos serena que nunca, que pagaba su ansiedad con multitud de errores no forzados. El 3-6 del segundo parcial devolvía la igualdad a una lucha que ya acumulaba más de hora y media de juego y emoción.

Tal era el desconcierto de la Williams que a caballo entre uno y otro set cedió quince puntos consecutivos a una Henin que acariciaba lo inalcanzable. Tuvo a la número 1 contra las cuerdas. Pero entonces surgió la potencia. Un servicio a 197 kilómetros por hora fue el principio del fin de la epopeya. Serena recuperó el mando y a Justine se le acabó la gasolina cuando aquel disparo, propio del circuito masculino, agujereó su depósito. Serena Williams igualaba con su compatriota Billie Jean King en títulos grandes. Pero tendrá que luchar mucho por aumentar su cuenta. Justine Henin ha vuelto. El tenis lo agradece.