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La génesis del deportista

Una prueba de ADN determina la especialidad deportiva que deberían desarrollar los jóvenes

La génesis del deportista

MICHAEL, aquel chaval al que su hermano Larry había enseñado a jugar al baloncesto en el patio de su casa, daba botes con la lengua fuera para imitar la actitud de su padre y su abuelo, a los que admiraba, y que en 1975 había sido elegido Mejor Jugador del Año en las ligas infantiles de Carolina del Norte, casi se queda en el camino. Fue por una de esas agudezas visuales, vanas de razonamiento, que siembran la historia de pérdidas incalculables o trayectorias extravagantes: era pequeño y enclenque, demasiado para jugar al baloncesto. Así que cuando tenía 15 años, fue apartado del equipo escolar. Que aquel chico del que Larry Bird dijo tras un partido en 1986 "hoy Dios se ha disfrazado de baloncestista" y que luego se convirtió en el legendario Air Jordan, el mejor jugador de baloncesto de la historia, alcanzase la NBA fue fruto de la casualidad, de los imponderables, y su genética. Llevaba el baloncesto en su ADN.

Probablemente, Michael Jordan no habría necesitado una segunda oportunidad para liberar su caudal baloncestístico si antes de ser descartado hubiese tropezado con el doctor Lázaro Vidal Campillo, licenciado en medicina y cirugía y miembro de BioCodex, grupo que, particularmente, ha desarrollado una prueba basada en el análisis de ADN para "mejorar los resultados, optimizar dietas e incluso reubicar a los deportistas para que exploten sus cualidades en el lugar que corresponden a sus características genéticas", explica Ángel Peña, director comercial de BioCodex. El test, que comienza con la toma de una simple muestra de saliva, puede dirigir a un joven hacia su deporte idóneo, hacia el que mejor se ajusta a su radiografía genética y aprovecha sus cualidades atléticas.

Está estudiado, comprobado y aceptado por la comunidad científica que los genes contienen información que permite identificar las características relacionadas con la actividad física. Un individuo es excepcional, normal o limitado para el ejercicio independientemente de su desarrollo. "Venimos así de fábrica", comprime Lázaro Vidal. "El ADN es inalterable, aunque modulable. Basta conocer esas características para buscar las herramientas necesarias para estimular las positivas y paliar las negativas", sostiene el especialista cubano, agotada la vista de acoger en su pupila la imagen de chicos que desperdiciaron su talento por el desconocimiento de su propia identidad genética, de sus propias cualidades, "quemándose corriendo por el lugar que no era".

En Baleares, un crío anónimo -por aquello de la confidencialidad existente en los asuntos genéticos- pasó parte de su infancia empuñando una raqueta en una escuela de élite que patrocina "una figura importante de ese deporte". Ingresó a los ocho años porque a sus padres, obnubilados por el éxito de jugadores como Carlos Moyá o Rafa Nadal, se les había incrustado en la mente que su hijo tenía que ser tenista por ese razonamiento indiscutible a los progenitores: porque sí. Empecinados, recurrieron a Lázaro Vidal y su equipo para buscar una mejora en su rendimiento. Pero se encontraron con lo inesperado. Cuando habló el ADN del chaval, afloró la razón por la que no progresaba: no era el tenis su deporte. "Querían hacerlo tenista, pero después del test comprobamos que, por ejemplo, sus diámetros corporales o su índice de elasticidad, eran propicios para la práctica de otro deporte". Aquel chico es ahora un "excelente" jugador de baloncesto que juega en otro país.

"Pero nosotros", aclara el médico cubano, "no somos entrenadores. Digamos que, tras una prueba irrefutable, sugerimos la dirección que puede tomar la carrera de un deportista, un bombero, un agricultor, un bailarín... porque el ADN no entiende de deportes sino que se relacionan con la actividad física". "O tratamos de que se aprovechen mejor sus características -alude entonces Peña a la posibilidad de que en fútbol un jugador esté desperdiciando sus cualidades en la delantera cuando éstas darían más resultado como lateral o cualquier otro puesto, algo recurrente en ese deporte-", explica el director comercial de BioCodex, quien posa su mirada en el triatlón, un deporte que combina la natación, el ciclismo y la carrera a pie, y en el que resulta imposible estar genéticamente dotado para las tres especialidades. "Y quizás resulta que un triatleta está tratando de mejorar su rendimiento en una de las modalidades en las que su genética no le da para progresar. En ese caso, se trataría de redireccionar su trabajo para que no perdiese el tiempo".

"Pero no existe el ADN perfecto", se revela Vidal, andamiaje de púgil pesado, voz tenue. "Nosotros no detectamos talentos, sino todo lo contrario; podemos decir cuál es la manera de que ese talento pueda tener un mejor aprovechamiento", insiste, deplorando la competitividad extrema, sumamente excluyente. "Lo perfecto, lo perfecto...", repite mientras voltea los ojos desaprobando la pregunta recurrente. "Ahora se trata de ayudar a mejorar. La vida le dirá a un deportista si es perfecto o no. Lo otro, lo del ADN ideal es peligroso y no está comprobada su validez. Aunque trabajamos en ello", zanja.