Empiezo por donde igual debería terminar este artículo. Es un hecho que la estructura geopolítica, geocultural, geoeconómica y geomilitar está cambiando, debido, sobre todo, a la actuación interesada de los presidentes de Estados Unidos, Israel, y de la Federación Rusa, Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin, respectivamente. Un cambio que está siendo aplaudido y apoyado por determinadas élites mundiales.
Encuentro excesivos los comentarios en los cuales se equiparan las actuaciones de Trump y Putin, y las potencialmente lesivas del presidente de China, Xi-Jinping, desde una visión simplista e interesada. Algunas razones posibles que estarían detrás de esta tesis serían, por un lado, la tendencia mayoritaria e interesada a la simplificación de los hechos y, por el otro, el miedo a que China pueda copiar las actitudes y actuaciones realizadas a lo largo de la historia por los Estados Unidos y la Federación Rusa.
Contemplado de otra manera, creo que Occidente está experimentando una especie de miedo no tanto por lo que ha hecho o hace China, sino porque teme que replique lo que hizo y hace Occidente contra otras culturas y países con alguna riqueza, materias primas estratégicas y localización geográfica incluidas.
Los sinólogos actuales indican unos rasgos estructurales del comportamiento de aquél país asiático diferentes a los habituales en Occidente. Conviene tenerlos muy en cuenta para lograr que cualquier acercamiento europeo a China sea susceptible de consolidarse a largo plazo, reportando beneficios culturales, económicos y sociales en ambos sentidos, para lo que parece pertinente eliminar cualquier suspicacia a la hora de abordarlo.
Merece la pena citar algunos elementos capitales que definen la evolución de China, desde su constitución como república en 1949, dejando de lado las variables relativas a la dimensión, lejanía, y consolidación militar, y siguiendo a diferentes autores que han publicado libros e informes en fecha próximas.
En el ámbito interno de aquel exótico país resaltan algunos aspectos relevantes, como es el caso de los relacionados con el plano sociocultural en el que destaca la impregnación milenaria de la filosofía confuciana, que está fundamentada en el respeto a las reglas y a las jerarquías, y en el método paciente y paralelo con una visión a largo plazo en sus análisis de las situaciones y circunstancias. Hablamos de una cultura presente desde hace unos 5.000 años.
Y en el plano socioeconómico, condicionado por la necesidad del momento postcomunista de superar los niveles de pobreza mayoritaria insertada en la población, -constituida, a día de hoy, por unos 1.500 millones de personas-, han ido construyendo un sistema económico en el que existe un planificador, el Estado, que, además, es el principal actor en el mercado de determinados sectores identificados como estratégicos como los tecnológicos y financieros, entre otros, dejando el resto de actividades económicas en manos de la iniciativa privada.
Además, y de cara a su comportamiento exterior, conviene distinguir varias cuestiones, como la aceptación de las reglas internacionales ligadas al multilateralismo, como el caso de la Organización de Naciones Unidas (ONU), y al comercio internacional como la Organización Mundial del Comercio (OMC) y BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Por lo que respecta a la ONU, es pertinente indicar que China aporta el 20% a su presupuesto, un porcentaje equiparable al de Estados Unidos hasta el año pasado cuando redujeron su aportación al 11%. En lo que se refiere a la OMC, la aportación del 11% es idéntica en los dos países.
Indudablemente no hay que ser un gran experto para tener conciencia sobre el modelo de gestión política expresamente autoritario del sistema chino, pero pactar y negociar con ellos no supone, en ningún caso, admitir de buena gana su sistema de gobernanza y tener que implantar en Europa ese mismo sistema. La cooperación debe desarrollarse en términos equilibrados en ámbitos como la cultura, conocimiento, tecnología, e intercambio de bienes y servicios.
Puntos negros de la economía china
Debemos aceptar de forma indudable, la existencia de puntos negros en la economía china. Tal y como explica Salvador Beltrán, en su interesante libro: China: La receta del prodigio, los elementos negativos en el horizonte de ese país son la existencia de una gran burbuja inmobiliaria, un intenso aumento de la desconfianza hacia la inversión extranjera, un progresivo e intenso envejecimiento de la población, así como un incremento de la desigualdad entre el mundo rural y el urbano y una deuda pública en crecimiento, –en niveles relativos inferiores a los que se dan en España, Estados Unidos y Japón–, además de unas cotas de contaminación y deterioro del medio ambiente, preocupantes.
A esos elementos endógenos hay que añadir algunos hechos que estructuran cierta postura ventajista de China en las negociaciones comerciales que emprende: la falta de simetría en las normas de implantación de empresas en el país asiático y Europa, el apoyo económico y estratégico que el Estado aporta a las empresas chinas, sean públicas o privadas, que las hay, y, por último, el que compite es China como país, no las empresas en particular, frente a sus interlocutores empresariales europeos. Hablo de la negociación interempresarial, no de las relaciones diplomáticas país a país.
Todo lo dicho, y lo no mencionado, permite oponerse contundentemente a las apreciaciones vertidas de forma permanente en una mayoría de medios de comunicación influyentes. Considero que China no debe ser alineada con los Estados Unidos, ni con Israel, ni con Rusia. Con su visión sólida a largo plazo, China puede ser un socio fiable y estable, cuando de llegar a acuerdos se trata. El ejemplo de India es una buena muestra.