Tribuna abierta

Aproximación a Catalunya

Euskadi y Catalunya, por su condición de minorías nacionales sometidas a una prolongada colonización cultural e institucional, han demostrado compartir, además de raíces comunes, sustanciales afinidades. Ambas debieran cooperar hacia las repúblicas vasca y catalana. Más pronto que tarde, llegará

16.03.2021 | 01:09
Iñigo Bullain

lA conquista e incorporación a la Corona castellana, primero de los territorios del occidente de Vasconia y luego de la alta Navarra, ha oscurecido otras influencias que han gravitado sobre el pueblo vasco, como la pirenaica, sustrato de la foralidad, o la asociada al mediterráneo, desde la incorporación a Roma de Aquitania e Hispania. A pesar del posterior recorrido histórico en áreas de influencia diversa, Euskadi y Catalunya, por su condición de minorías nacionales sometidas a una prolongada colonización cultural e institucional, y por su tenaz resistencia a la asimilación, han demostrado compartir, además de raíces comunes, sustanciales afinidades.

En su disco Lore bat, zauri bat de 1978 el poeta y cantautor Xabier Lete dedicó a Catalunya una canción/himno: Cançó a Catalunya. Antes, otros vascos como Iñigo de Loyola, Sabino Arana o el lehendakari Aguirre también mantuvieron un trato cercano con esa nación mediterránea. El periplo ignaciano a Manresa es hoy ruta de peregrinación, probablemente las ideas de la Reinaxansa que bullían en la Barcelona de finales del XIX tuvieron influencia en los hermanos Arana, y la solidaridad que el gran lehendakari quiso mostrar para con Catalunya, acompañando al president Companys hacia el exilio, se convirtió en un gesto de inolvidable hermanamiento.

Sin embargo, la falta de conexión entre ETB y TV3 durante los 40 años de democracia a la española ha prolongado la distancia comunicativa impuesta por la dictadura. La autonomía vasca ha seguido mirando hipnóticamente a Madrid, y nunca ha percibido a Barcelona, una gran urbe europea, como una referencia a la que aproximarse. Para quienes han gestionado el autogobierno vasco, la única ciudad ibérica de relevancia ha sido Madrid, ignorando a Barcelona y Lisboa como nódulos de conexión con otros espacios; por no mencionar la desconexión con París y la francofonía, tan cercana desde Iparralde.

La eclosión independentista catalana tampoco ha modificado esa óptica de punto muerto o blind spot. Aunque con un simple clic de ordenador se puede conectar con aquella realidad mediática, con su televisión o con su prensa digital, medios como Ara, VilaWeb, el Nacional.cat o TV3 son desconocidos para la gran mayoría de la ciudadanía vasca, cada vez más asimilada a la referencia cultural que se propaga desde Telecinco y otras cadenas exportadoras de españolidad. Tampoco se han dado pasos para a-proximar la lengua catalana a nuestra cultura, a pesar de que el catalán del barcelonés no representa especial dificultad comprensiva. Los vascos autonómicos parecen haber asumido la referencia ibérica del monolingüismo castellano, y no han hecho progresos para incorporar otras referencias peninsulares. En ese campo, el bagaje cultural del nacionalismo institucional es más bien pobre y acomplejado. Así, las referencias a Galeusca apenas han ido más allá de la retórica y de invocaciones testimoniales.

En ese contexto de distancia e ignorancia, un reciente libro de Jordi Amat, El hijo del chófer, facilita la aproximación a un periodo –la construcción del pujolismo– no exento de interés para el lector vasco. La novela se centra en la figura de Alfons Quintá, el organizador y primer director de la televisión catalana. Como el mismo Amat reconoce en el epílogo, su estilo narrativo, un híbrido de ensayo histórico y sociológico, es deudor de obras como El adversario y Laeticia o el fin de los hombres, es decir, de la influencia de Carrère y Jablonka. A través de la historia vital de un personaje hosco y desbocado, se narra la reconstrucción de un país, desde la corte de Camelot en torno a Josep Pla hasta el fin del ciclo convergente con Artur Mas. Luego llegaría el procés, que la novela no trata, cuyo desencadenante fue la negativa del supremacismo nacional español a ampliar el ámbito del autogobierno catalán. El recurso del integrismo hispano a la judicialización para impedir la renovación estatutaria condujo a la vergonzosa sentencia del Tribunal Constitucional de 2010. Desde entonces, la progresiva implosión del régimen del 78 ha ido afectando a todas las instituciones y órganos del Estado: a una Corona sumida en un descrédito galopante, a un poder judicial ultrapatriótico y politizado o a un parlamento lleno de ruido y pocas luces que permite desde hace años gobernar mediante decretos-ley. Rasgos de un desmoronamiento a los que se suma una prolongada crisis social y económica agudizada por la pandemia.

La crisis catalana puede interpretarse como otra muestra de la precarización del régimen del 1978 y de su incapacidad para renovarse. Pero el maltrato a Catalunya vía lawfare, 155 o piolines no exime al independentismo de graves errores, como no contar con un apoyo censal suficiente o actuar con una improvisación excesiva. ¿Cómo se explica, si no, el cesarismo de Puigdemont, que sin consultar al Parlament decidió suspender la Declaración de Independencia y no aplicar las leyes de transitoriedad aprobadas? Desde la Santa Transición un juego de trileros caracteriza a la política española, y la respuesta tecnocrática europea resulta insuficiente para afrontar un problema político de esa envergadura. La UE puede ayudar a encauzar una salida, pero los tics autoritarios y el deterioro de la democracia española no se van a arreglar desde Bruselas.

El constitucionalismo, tras su pomposa fachada de pluralidad política, solo ofrece viabilidad real al proyecto político del españolismo unionista, y dado su talante supremacista se niega a reconocer otras identidades nacionales. Sin embargo, comunidades políticas como Catalunya o Euskal Herria aspiran a otro papel en la globalización, más presencial que el tipo de autonomismo sin visibilidad internacional que el constitucionalismo español les ha reservado.

La proyección internacional de selecciones deportivas vascas o catalanas constituye una cuestión de reconocimiento que con la mundialización resulta cada vez más relevante, y que, a mi juicio, debiera propiciar un flujo comunicativo entre ambas naciones. En lugar de permanecer lejanas y divididas, en un marco de franquicias autonómicas en donde el españolismo cultural y político se encuentra tan cómodo, Euskadi y Catalunya debieran cooperar hacia las repúblicas vasca y catalana. A pesar de los recelos, esa convergencia es necesaria, y más pronto que tarde llegará.

* Profesor de Derecho Constitucional y Europeo de la UPV/EHU