Tribuna abierta

Posjuancarlismo y nuevo 'establishment' monárquico

29.08.2020 | 00:15
Posjuancarlismo y nuevo 'establishment' monárquico

La transición desde el posjuancarlismo a la monarquía de Felipe VI solo puede tener éxito si va acompañada de un relato de relegitimación de la Corona y de su actual titular que consiga contrarrestar la imagen negativa que las actuaciones del anterior monarca han proyectado sobre ella

EN los procesos políticos, tan importante como los hechos en sí mismos son las reacciones que estos suscitan, sobre todo cuando a través de ellas se fijan las posiciones que las formaciones políticas van a mantener sobre las cuestiones que centran la atención de la ciudadanía. Por eso, más que la acumulación de comentarios en los que se hacen descripciones pormenorizadas de hechos y de situaciones de actualidad, lo que realmente tiene interés es centrar la atención en el relato que, tanto en los círculos políticos como desde los medios, se despliega en torno a los hechos (y también a sus protagonistas). Es este relato el que nos va a proporcionar pistas para poder comprender mejor la situación actual y, asimismo, la evolución que pueden seguir los acontecimientos en un próximo futuro

No cabe duda de que la sorpresiva marcha (además, en la forma en que esta ha tenido lugar) del rey emérito es un hecho que no carece de importancia y que tiene una incidencia de primer orden en el desarrollo de nuestro ajetreado proceso político. Así lo muestra el fuerte impacto mediático que este hecho está teniendo, y va a seguir teniendo próximamente, lo que no es sino un reflejo de la expectación generalizada que despierta en la ciudadanía. Pero tan importante o más que el hecho en sí de la marcha del anterior jefe del Estado, lo es también el relato que se está propagando sobre este asunto, que sobrepasa ampliamente el comentario habitual sobre temas de actualidad para incidir de lleno en cuestiones clave desde el punto de vista político e institucional.

Uno de los principales argumentos que se viene utilizando por todas las familias del establishment monárquico, es el del legadopolítico que nos ha transmitido el emérito. Si bien su actuación privada, tanto por lo que se refiere a sus audaces operaciones lucrativas como a sus versátiles relaciones personales, no puede decirse que haya estado marcada por la ejemplaridad, ello no debe eclipsar, según sus valedores, las grandes aportaciones realizadas al asentamiento y a la estabilidad del sistema político a lo largo de las casi cuatro décadas de su reinado. No sería justo, a la hora de hacer un balance de todo este largo periodo, poner el foco en los deslices que haya podido tener en sus asuntos privados y relegar al olvido el meritorio haber político acumulado durante tantos años.

Se trata de un argumento que viene siendo utilizado de forma recurrente por los otrora juancarlistas, que últimamente han experimentado un acelerado proceso de reconversión monárquica para asumir ahora, tras dejar atrás el periodo anterior, el papel de los más decididos valedores de la operación de regeneración monárquica con Felipe VI. No parece, de todas formas, que invocar pretendidas virtudes públicas (que, además, solo existen en el particular relato hagiográfico de sus autores) para tratar de ocultar lo que a la vista de los numerosos indicios de los que ya se dispone integran un abundante cúmulo de vicios privados, ejercidos además desde la cúpula del poder, sea un recurso útil para poder convencer a alguien que no esté ya convencido de antemano de las bondades del juancarlismo.

La abdicación (2014) del actual rey emérito (denominación que a pesar de su profusa utilización periodística no tiene relevancia jurídica ni institucional alguna) abría un nuevo periodo para la monarquía, aún no concluido, que convencionalmente podemos caracterizar como el posjuancarlismo; o, si se prefiere, de transición hacia el nuevo reinado de Felipe VI, actualmente en proceso de asentamiento. Y de la misma forma que el juancarlismo construyó su relato sobre la monarquía, el reinado de Felipe VI necesita también construir el suyo propio, que no puede ser el mismo que el que sirvió en la época anterior; y que, conocida la amplia y variada actividad desplegada por el emérito en asuntos que poco tenían que ver con sus funciones como jefe de Estado, necesariamente tiene que marcar distancias con ese proceder.

Es en este contexto en el que hay que enmarcar la actual tarea de reconstrucción del relato para este nuevo periodo, bajo el reinado de Felipe VI, que cumpla la función de legitimar al titular de la Corona en la nueva situación que se da en lo que hemos caracterizado como el posjuancarlismo. Un relato que para que pueda tener efectividad y servir realmente como aglutinante de las distintas familias del establishment monárquico, ha de construirse enarbolando la bandera de la regeneración monárquica; sobre todo teniendo en cuenta la actividad del emérito ahora conocida públicamente, aunque oportunamente silenciada durante tanto tiempo por los mismos que ahora se escandalizan por lo ocurrido y que en su momento no dudaron en prestar una colaboración decisiva para su ocultamiento a la opinión pública.

La transición desde el posjuancarlismo a la monarquía de Felipe VI, que es la operación en la que están embarcadas en el momento actual las distintas familias del establishment monárquico, solo puede tener éxito si va acompañada de un relato de relegitimación de la Corona, y de su actual titular, que asimismo consiga contrarrestar la imagen negativa que las actuaciones del anterior monarca han proyectado sobre ella.

En este sentido, es cada vez más perceptible el trabajo que se viene desarrollando para afirmar el protagonismo exclusivo del rey en ejercicio actualmente, al tiempo que se escenifica el distanciamiento con el emérito y las más que dudosas actuaciones privadas durante su reinado.

Es en este marco en el que es preciso situar los últimos episodios de estos días –abandono de la residencia de la Zarzuela, marcha fuera de España, instalación en los Emiratos Arabes€– que tanto espacio mediático vienen acaparando.

Hay que decir, de todas formas, que esta operación de relegitimación monárquica tendría mayor credibilidad si estuviese acompañada de actitudes más en consonancia con el espíritu regenerador que se proclama y, sobre todo, con las normas básicas que rigen el funcionamiento de la democracia parlamentaria. En este sentido, la gestión del propio episodio de la marcha del rey emérito, de la máxima actualidad estos días, ofrece serias dudas sobre la actuación no ya del emérito sino del propio jefe de la familia real. Ocultar y privar de información sobre la situación de alguien que no es un ciudadano desconocido en viaje de vacaciones sino un miembro cualificado de la familia real que abandona el Estado del que ha sido jefe durante casi cuatro décadas por motivos relacionados directamente con su posición institucional, es un comportamiento que no es precisamente el más indicado.

Mayor trascendencia política e institucional tiene el asunto de la ilimitada exención de responsabilidad del titular de la Corona, que es lo que ha proporcionado cobertura, legal y constitucional, al emérito para actuar como lo ha venido haciendo durante su dilatado reinado. No cabe duda de que acometer la modificación de este marco jurídico, producto de otra época, para poder tener una regulación de la inviolabilidad y de la exención de responsabilidad (ahora ilimitada) del jefe del Estado similar a la de otras democracias parlamentarias europeas de nuestro entorno, sería una buena muestra de la voluntad regeneradora que se proclama. Pero, al menos hasta ahora, no ha sido posible observar ningún movimiento en este sentido, lo que plantea serias dudas sobre que este sea uno de los objetivos para el próximo periodo.

Por si no teníamos ya suficientes problemas con la aguda crisis sanitaria, económica y social que estamos sufriendo que, estos sí, son los asuntos esenciales a los que tenemos que dedicar todos nuestros esfuerzos, los affaires del emérito (y las reacciones que han suscitado en el establishment monárquico) nos añaden nuevos problemas que contribuyen a complicar más las cosas. Y no cabe desconocer el potencial perturbador que estos affaires reales, que últimamente vienen copando los medios, pueden tener (ya están teniendo) en nuestro complicado proceso político. Conviene ser conscientes de ello para tratar de evitarlo y contrarrestar sus efectos; aunque solo sea para poder centrar la atención y los esfuerzos en las cuestiones que realmente son importantes en esta difícil coyuntura multicrisis.