Tribuna abierta

El príncipe de Gales, señor de Bizkaia

15.08.2020 | 00:14
El príncipe de Gales, señor de Bizkaia

Resulta fácil jugar con la historia y aventurar conjeturas. Sobre todo, para quienes contemplan determinados acontecimientos como dogmas que configuran una 'verdad' poco menos que revelada. Por ejemplo, la supuesta incorporación del País Vasco, o al menos los territorios del sur, a la corona española

PARA quienes datan la fundación de la España eterna en los tiempos de los reyes católicos bastaría recordarles que si Fernando, el monarca aragonés, hubiese obtenido descendencia en sus nuevos esponsales con Germana de Foix, tras la muerte de Isabel de Castilla, la unidad de ambas coronas habría sido ciencia ficción.

Enrique III podría haber disfrutado de los privilegios que le ofrecía la corona de Navarra como hijo de Juana de Albret si no hubiese abjurado de su calvinismo. Aquel "París bien vale una misa" que dicen pronunció le llevó a ser el primer Borbón en llegar al trono de Francia aunque por poco tiempo pues un fanático católico acabó con su vida en las calles de París y su cabeza fue hecha desaparecer tras la revolución francesa. ¡Qué hubiera sido de Navarra y del resto de los territorios vascos sin las guerras de religión! Y si la revuelta liderada por Matalaz allá por el 1600 hubiera recuperado para el "pueblo llano" –tercer estado– la soberanía de Solue (Zuberoa). ¿Qué sería hoy del País Vasco y de su unidad norpirenaica?

Sé que resulta baldío hacer conjeturas sobre lo que pudo ser y no fue. Y que en ese ejercicio lúdico de dejar correr la creatividad cada cual puede encontrar las historias más variopintas e imaginativas. Su desarrollo no nos llevará a ningún sitio salvo a recrear una fábula de ficción literaria que habrá que saber identificar como tal para no perder la perspectiva de la realidad.

Al hilo del desapego que la monarquía española provoca en una parte muy importante de la ciudadanía vasca, hoy quisiera recrear una de esas distopías, que tuvo su oportunidad en nuestra historia del medievo y que, de haber prosperado, seguramente habría transformado sensiblemente el entorno jurídico-político que nos envuelve. De haber resultado, quizá una parte de los vascos del sur fuésemos ciudadanos británicos o nuestras instituciones tendrían una relación directa con la Commonwealth. Un episodio apasionante por el cual un príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa pudo llegar a ser Señor de Bizkaia. Pero ni la hidalguía vizcaína aceptó a tal señor ni quien le había patrocinado y ofrecido tal título cumplió con su promesa.

Para conocer tal acontecimiento de nuestro pasado tenemos que ir siglos atrás, hasta mediados de 1300 cuando la dinastía Trastámara se relacionaba a garrotazos.

Juana Núñez de Lara fue una de las hijas de Juan Núñez de Lara IV y de María Díaz de Haro II, que habían ostentado el título del Señorío de Bizkaia. A la muerte de Juan le sucedió al frente del señorío su hijo Nuño, un niño de apenas tres años que fallecería infante, dejando a su hermana Juana Núñez de Lara como heredera del mismo. A principios de 1352, Juana fue reconocida como señora por los hidalgos vizcainos reunidos en Gernika pero el poder castellano de su monarca, Pedro I, determinó que aquella contrajese matrimonio con Tello de Trastámara, hermano bastardo del rey, a fin de controlar Bizkaia desde el ámbito de su corona. Tello fue uno de los muchos hijos ilegítimos que Alfonso XI había tenido con Leonor de Guzmán, un rey empecinado en someter bajo su manto a buena parte del territorio vasco. La operación matrimonial dictada por Pedro I el Cruel se llevó a cabo en septiembre de 1353 en Segovia, tras la cual los nuevos esposos se trasladaron a Bizkaia donde el consorte bastardo fue reconocido también como señor del territorio.

Pese a todo, fue Juana quien ejerció un papel fundamental en la consolidación del statu quo frente a Castilla, lo que provocó la reacción de Pedro el Cruel, que intentó reiteradamente la usurpación del señorío con un nuevo enlace matrimonial: el de su primo, el infante de Aragón, Juan, con Isabel Núñez de Lara, hermana de Juana. Pero la junta general vizcaina rechazó la maniobra. Lo que se vislumbraba detrás de tanta estrategia era la pugna de los Trastámara, Pedro y su hermano Enrique, por la corona de Castilla. La guerra civil Trastámara condujo a Tello y a Juana a posicionarse del lado rebelde, lo que les provocó la ira del Cruel que trató de detenerlos y acabar con ellos en varias ocasiones. Juana fue hecha prisionera y encarcelada hasta su temprana muerte en los alcázares de Sevilla.

La encarnizada lucha castellana llevó a Enrique, el aspirante al trono, a unirse con el rey francés y a los mercenarios del condestable Bertrand de Guesclin. Ante el poderío militar acumulado –se cuenta que más de 24.000 soldados cruzaron los Pirineos para enfrentarse a Pedro de Trastámara– este, y aquí entra la distopía, llegó a una alianza con el soberano de Inglaterra, combatiente contra los franceses en la Guerra de los Cien Años. Al frente de las huestes inglesas en el hexágono se encontraba quien era identificado como "el caballero negro" en consonancia con el color de su armadura. Detrás de aquella denominación de caballería se escondía el Príncipe de Gales, Eduardo de Woodstock, primogénito de Eduardo III.

Pedro el Cruel selló su alianza con el "caballero negro "prometiéndole el Señorío de Bizkaia a cambio de su intervención militar contra su hermanastro. Las mesnadas encabezadas por Eduardo de Woodstock derrotaron a las tropas de Enrique en Nájera el 13 de abril de 1367 provocando un baño de sangre. La contundente victoria bélica asentó a Pedro I en el trono castellano. Fue entonces cuando el príncipe inglés exigió al Trastámara que cumpliera con su promesa y le entregase Bizkaia. La respuesta de Pedro I fue incierta: "Pronto todos los castillos y villas vizcainas le reconocerían como soberano". Pero, la decisión estaba en manos de los linajes vizcainos reunidos en Junta General. Como indica Labayru, los vizcainos respondieron a los enviados ingleses que venían a tomar posesión que aquel territorio nunca aceptaría a un príncipe extranjero, una negativa que Pedro López de Ayala en su crónica identifica de esta manera: "Que el príncipe de Gales no ovo la tierra de Vizcaya o por cuanto los naturales de la tierra sabían que no placía al rey fuese aquella tierra del príncipe". Decepcionado por la negativa vizcaina y por la traición de Pedro I, el príncipe de Gales, el mítico "caballero negro" abandonó la península con sus tropas volviéndose a Inglaterra. El Cruel, que se creía invencible, moriría a manos de su rival y hermanastro, Enrique, dos años más tarde en Montiel, tras ser entregado por Bertrand de Guesclin con la cita de "ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor".

Y, para nuestra desgracia, Bizkaia terminó cayendo bajo la influencia del rey castellano, lo que ha inducido a muchos a identificar, erróneamente, la incorporación del País Vasco, o parte de sus territorios del sur, a la corona española. Pero esa es otra historia. Otro relato que se ha impuesto sin rigor ni fundamento. Pero con mucho escribano partidario y con una cultura oficial legitimadora de la versión.

Hoy, en el siglo XXI tiene poco sentido defender propuestas banderizas de sistemas que debieran estar periclitados por el desarrollo de los tiempos y de la práctica democrática. La subsistencia de monarquías, sean parlamentarias a esta altura de los tiempos, es un anacronismo incomprensible. Dejamos de ser súbditos para ser ciudadanos desde la revolución francesa. Y lo es más cuando quienes gozan de los privilegios omnímodos de tal antigualla se comportan al margen del sentido democrático, la transparencia o la decencia ética o moral.

La monarquía española es, cuando menos, una rareza en el horizonte de las democracias occidentales. Ostentar la jefatura de un estado por derecho genético, o por designio divino, lo recoja o no un texto constitucional, es una decisión indefendible por un sistema democrático. Y más si tal rango parte de una transición dictatorial que pretendió dejar el futuro "atado y bien atado". La abdicación primero y la huida posterior del anterior jefe del Estado, cuyo título de emérito debería serle retirado como consecuencia de su indigno comportamiento, ha puesto sobre las cuerdas a un sistema decadente que no nos representa y que ha perdido cualquier sentido de ligación o convivencia entre diferentes.

La monarquía española bajo la que convivimos –"malgrénous"– deberá cambiar o desaparecer. Por higiene democrática. Por servicio público. Y porque en Bizkaia, en Euskadi, no hay ya lugar para más señor o señora que la libre voluntad de sus gentes. ¡Pena de protectorado británico!

* Miembro del EBB de EAJ-PNV