TENGO la sensación de que estas semanas asistimos al nacimiento de una nueva etapa tras el cese del terrorismo de ETA en el que se insiste en un escenario de normalidad dentro del cual se podrían encarar y tratar cuestiones que hace tan solo unos días o semanas eran o parecían imposibles.
Tras años de ser nombrado lehendakari, el socialista Patxi López ha tenido y encontrado tiempo suficiente en su apretada agenda para reunirse con todas las formaciones políticas y sindicales. Y parece ser que este anuncio ha servido para que se puedan materializar en las últimas semanas acuerdos en las instituciones entre Bildu y el bloque constitucionalista PP-PSE. Que se lo digan al edil del PP en Donostia, Ramón Gómez, que por brindar en el periodo de fiestas de la ciudad de Donostia con el alcalde de Bildu recibió una bronca monumental de su partido y fue vapuleado en la opinión pública española. Ahora no ha brindado con champán, pero ha pactado con ese mismo alcalde sin aparente escándalo, espero y deseo que sea para bien de Euskadi, de la ciudad de Donostia y de sus habitantes.
Sin embargo, esto viene a reforzar una creciente preocupación, la relevancia de las decisiones de ETA frente a las de los partidos políticos. Cobra fuerza la idea de que la barrera que impedía relaciones normalizadas entre partidos políticos democráticos solo podía ser levantada por ETA. Vergüenza y oprobio. Quizás haya votantes que premien al mundo de "ETA-izquierda abertzale", pero dudo que la historia les perdone. Seguramente, seremos testigos directos de variadas, diferenciadas y múltiples versiones de esta lamentable, triste y vergonzante etapa, al menos en un comienzo. Al paso de los años, las versiones se decantarán en el sentido de la veracidad, la objetividad, la verdad completa de lo que ocurrió y de la racionalidad. Valoro positivamente que haya habido partidos políticos que han arriesgado y han actuado coherentemente, por encima e independientemente de otros cálculos e intereses.
El papel del PNV ha sido fundamental en la resolución de esta negra historia. En la última etapa, su presidente, Iñigo Urkullu, ha demostrado mesura, discreción, eficacia e inteligencia política en las conversaciones, cintura política para llegar a pactos y responsabilidad política para anteponer lo importante a lo urgente. Y, algo poco común, ha sido prudente y responsable con la información.
En el discurso sobre el reconocimiento a las víctimas no puede olvidarse a nadie, cada uno de ellos cuenta, todos y cada uno de ellos y ellas. Tristemente, el balance de ETA nos alcanza a todas las personas que vivimos en Euskadi en mayor o menor medida, y a otras muchas que viven fuera de nuestro país. Es indigno y absurdo empezar ahora en una guerra de clasificación de víctimas. Nadie, y subrayo ninguna persona de ninguna, repito, ninguna, de las diferentes violencias políticas habidas en Euskadi, ahora y antes, que haberlas las ha habido, puede ser olvidada, así como tampoco debemos caer en la tentación de olvidar quién ha sido el máximo culpable, ETA.
La libertad de Euskadi es más que un lema, es un deber. Un deber en el que unos llevan trabajando el tiempo que otros llevan en el horror. Es un deber que no puede caer en el olvido. Los partidos políticos, la propia sociedad civil vasca, muchas personas, han estado en el ojo del huracán de ETA, en las grandes ciudades, pero sobre todo en las poblaciones más pequeñas y rurales del conjunto de Euskadi, en nuestros pueblos y aldeas. Tenemos enfrente unas elecciones y quisiera hacer énfasis en la decisión valiente de los muchos y muchas que han desempeñado su labor política en esas inadmisibles condiciones, de lo que significa el sacrificio militante de ser político, en particular, sin demérito de nadie, de ser concejal o alcalde de un pueblo en el que uno y su familia viven en un entorno cerrado de pocas familias, acosados en el término literal del concepto, muchas de ellas enfrentadas no solo dialécticamente. Sería un error olvidarlo. Apelo a la decente memoria de las personas.
La historia tendrá que analizar con necesario rigor cómo un día nos levantamos en Euskadi y cómo la futura normalidad política llegó, parece ser tal y como estaba prevista. De cómo en pocas semanas se pasó de informar del plan de paz de López (que, por cierto, no incluía asistir a la conferencia de paz de Donostia), a celebrar una supuesta y trabajada normalidad política que bendice pactos buenos y malos para nuestra sociedad. Pero sin caer en el olvido.
Que no pase demasiado rápido, sería un mal indicador, pero que no se enquiste tampoco. En esta situación hay que tener presente que nos hace falta todavía mucha inteligencia, corazón caliente y cabeza fría, cintura, altura de miras y responsabilidad, mucha responsabilidad política, para y por nuestro futuro vasco en libertad. Es hora. Ya lo era.