He dejado unos cuantos días para reposar la información y encontrar las respuestas sobre un asunto que despertó mi interés sobremanera. ¿Por qué ha estallado la violencia contra los migrantes en Belfast? El apuñalamiento de un vecino de la capital de Irlanda del Norte a manos de un inmigrante sudanés, originó algunos de los peores disturbios de los últimos años, en este caso de claros tintes racistas. Y encuentro que si la pregunta es incómoda, las respuestas lo son aún más. Cuando el discurso político y el clima social convierten al recién llegado en chivo expiatorio, la violencia deja de ser un accidente y pasa a ser un síntoma. Belfast no es una excepción, sino el reflejo de una deriva más amplia en la que el miedo, la precariedad y la manipulación del descontento encuentran en el migrante el blanco fácil. Y si Belfast sirve de modelo para la reflexión, lo mejor es abordar los aspectos complejos que están detrás de esta crisis. Parece claro que si la vivienda, la presión sobre los servicios sociales o la inseguridad tienen un culpable al que se puede marcar y además extranjero, se pasa del prejuicio al ataque con rapidez. Cierto es que Belfast es sinónimo de conflicto y división. E interpela a la sociedad vasca sobre este asunto. Sabemos que cuando los actores políticos alimentan el resentimiento para aumentar su rédito electoral, la convivencia revienta por la base. ¿Les suena? Estamos hablando de que la violencia contra los inmigrantes no nace de la nada. Hay un discurso enfermizo, hay frustración económica y, desde luego, hay abono para la infame ‘prioridad nacional’.
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