La Navidad nos ciega año tras año y no hay solución. La cosa va casi siempre de consumir como si no hubiera un mañana, también llama la atención el exacerbo ludópata que genera la celebración religiosa. El club de rugby de Igorre ha seguido los pasos de Villamanín, pensemos que debido a que hay cuestiones que a gran escala superan las capacidades voluntariosas de la solidaridad con la causa. Ahí puede estar la clave de todo el problema. La sociedad deportiva puso en circulación 1.425 papeletas de cinco euros, con un euro de donativo y cuatro en juego en el sorteo. De modo que la previsión de ingresos, básicamente, era de algo menos de 1.500 euros. Al parecer se vendieron 225 papeletas de más, es decir, 1.125 euros extra sin respaldo de décimos. Ni el beneficio estimado con el objetivo inicial ni el alcanzado al final justifican el viaje hacia el abismo al que se asoman los responsables de la venta de participaciones. El agujero supera los dos millones de euros, mucha tela para alcanzar un acuerdo con los damnificados. Todo esto acabará previsiblemente en un juicio, en condenas y tal vez sea el epílogo del club. Puede interpretarse que es recomendable que las asociaciones que ven en la vorágine lotera de la Navidad una vía de financiación analicen si merece la pena. No solo por el riesgo que se asume, también por la apuesta por un modelo que hay quien define como el impuesto de los tontos: el Estado ingresa de golpe 4.000 millones de euros y destina a premios el 70%, algo más de 2.770 millones, a los que hay que restar el 20% que grava los premios que superan los 40.000 euros.