Hay semanas en las que las palabras se atascan. Miras el calendario, sabes que llega el martes y la contraportada te espera con mezcla de vértigo y responsabilidad que nunca desaparece, aunque hayan pasado 30 años desde que una empezó en DEIA. Y luego hay semanas en las que la columna se escribe sola. Después de unas vacaciones, una vecina, Julia, me paró en la calle: “Te tengo que contar una cosa”, me dijo. Me habló de un matrimonio de Lemoa. Natividad y Patxi. Dos personas que, en esta era de pantallas infinitas y titulares fugaces, siguen esperando todas las mañanas al periódico en papel. Ya solo eso merece un respeto. Pero lo que vino después me desarmó. Resulta que los martes Natividad busca mi columna y se la lee en voz alta a Patxi. Mis historias —esas pequeñas cosas que veo y siento— se convierten en lectura compartida en su casa. Me emocionó. Una escribe sin pretender molestar a nadie, sin dar lecciones, con respeto y honestidad. Pero saber que, en algún lugar, alguien espera ese espacio... reconforta. Porque al final esto va de eso. De compañía. De pequeños rituales que dan sentido a los días. De personas que sin saberlo nos apoyan y leen nuestras historias. Gracias Natividad y Patxi. Y gracias a todos los que, cada martes —o cualquier otro día— buscan un rincón en estas páginas. A quienes leen en silencio y/o lo hacen en voz alta. A quienes discrepan con respeto y a quienes se reconocen en alguna línea. Por personas como vosotros, este oficio sigue teniendo sentido. Eskerrik asko por estar ahí.
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