TUVE un muy buen amigo de nombre Pedro López Merino. Fue médico y también fue diputado socialista, pero, sobre todo, fue una persona de una enorme humanidad. De él aprendí muchas cosas, aunque quizá la más valiosa fue a ser más benevolente con los sentimientos que a veces nos generan las personas a las que más queremos, incluso cuando no sabemos ser empáticos con ellas en todo momento.

Recuerdo una conversación que mantuvimos después de un verano especialmente intenso. Tanto él como yo habíamos tenido que compaginar el descanso con el cuidado y la atención a la familia. Estábamos agotados. Yo era mucho más joven; él estaba a punto de cumplir 75 años. Personalmente, yo me sentía culpable por esa sensación tan común y tan poco confesable: las ganas de que todo terminara para volver a la normalidad, al silencio, a la tranquilidad.

Entonces me dijo algo que no he olvidado: “Olga, todos necesitamos descansar también de los seres queridos”. Aquella frase me alivió. Me hizo sentir comprendida y, sobre todo, humana.

Hoy, pasadas las Navidades, quiero compartir ese recuerdo con todas aquellas personas que, después de haber disfrutado de la familia, desean volver a la calma sin sentirse mal por ello. Incluso aunque sientan alivio. Que sientan que ese descanso, ese espacio propio, no es una falta de amor. Es, sin duda, imprescindible. Y seguro que no resta para desear que vuelvan a llegar las navidades cada año y disfrutar de otra celebración.