Supongo que a estas alturas todo el mundo ha oído hablar ya de la doctrina Monroe. La misma que consideraba todo el continente americano como el patio trasero de los Estados Unidos y que, por tanto, le permitía actuar en él con total libertad. La primera constatación, la primera reflexión sobre el ataque a Venezuela tiene que pasar obligatoriamente por reconocer que viola el derecho internacional y que marca un nuevo rumbo en el orden mundial. La fuerza militar establece ahora renovadas pautas. EE.UU. ha decidido ejercerla por encima de acuerdos internacionales u organismos supranacionales como la ONU. En el caso de Venezuela no cabe muchas dudas sobre los intereses que han guiado Trump. Se trata de un país fallido en posesión de la mayor reserva de petróleo del mundo además de contar con tierras raras y metales preciosos (oro) en abundancia. Se trata de un país que, en términos económicos, roza la pobreza generalizada con una emigración masiva. Si a eso añadimos una cultura política corrupta, sin olvidar que Maduro se negó a entregar las actas de las últimas elecciones celebradas en ese país, nos encontramos con un estado muy dividido socialmente fácil presa, en este caso, del expansionismo ideológico y económico que lidera Trump. Llegados aquí quedan las preguntas. Por ejemplo, ¿qué papel juega la Unión Europea? No parece que Von der Leyen y su ejecutiva encuentren la tecla para activar a la UE frente a la embestida trumpista, con Groelandia en el retrovisor. ¿Se ha abierto la veda? Rusia y China, por ejemplo, pueden utilizar ahora ese sustento ideológico para actuar igual que Trump. l