SE veía venir, pero, a pesar de todo, la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses asombra por la facilidad con la que los ciudadanos han comprado el discurso del magnate, contrario a todo lo que la mayoría de los europeos considera dentro de los límites de la ética. A mediados de este año, unos diplomáticos de EE.UU. comentaron a unos amigos comunes que pedirían una excedencia si Trump volvía a dormir en la Casa Blanca. Afirmaron que en su primer mandato se vieron obligados a pedir constantemente perdón por las decisiones del personaje que gobernaba su país. No están dispuestos a pasar otros cuatro años por esa situación. La anécdota es reflejo del sentir generalizado de los norteamericanos que no viven en la escalofriante América profunda o que no tienen intereses económicos e incluso judiciales ligados al triunfo de Trump. Pasará a la historia como el primer presidente convicto de EE.UU., aunque se quitará de encima varias causas judiciales por su aforamiento. Alguno de los que suenan para entrar en su gabinete también esquivarían de este modo procesos abiertos. Lo harán, eso sí, después de donar cientos de millones para la campaña del candidato republicano. Como se ve, el sistema político de la primera economía del mundo transita por una intrincada estructura de galerías subterráneas con capacidad de sorprender a cualquiera que no sepa moverse con soltura en ella en beneficio propio.
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