Hay noticias que no ocupan la primera línea del telediario ni levantan tormentas en las tertulias, pero sostienen el mundo con la misma discreción con la que una madre ajusta la bufanda a su hijo antes de salir a la intemperie. Que Bizkaia haya decidido reforzar el servicio de atención a la infancia para agilizar los expedientes de menores vulnerables pertenece a esa categoría de hechos que no hacen ruido, pero cambian destinos.
En los despachos donde se tramitan esos expedientes no hay épica, sino archivadores grises, funcionarios con ojeras y un reloj que avanza con la impaciencia de quien no entiende de burocracias. Sin embargo, detrás de cada carpeta hay un niño que no puede esperar. La infancia no entiende de plazos administrativos; su calendario es biológico, urgente y feroz. Cada mes que pasa en un entorno hostil es un mes que deja cicatriz.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado que la maquinaria pública, pesada como un transatlántico oxidado, tarde en girar el timón incluso cuando se trata de proteger a los más frágiles. Se nos ha dicho que todo es complejo, que hay protocolos, informes, garantías jurídicas. Y es verdad. Pero el frío no espera a que se redacte un informe.
Reforzar el servicio de atención a la infancia no es solo contratar más manos o redistribuir recursos; es asumir que el Estado –esa palabra tan abstracta– tiene rostro cuando se inclina sobre la cuna de quien no tiene defensa. Agilizar expedientes significa acortar la distancia entre el peligro y el amparo. Y esa distancia, en la vida de un menor vulnerable, puede ser la frontera entre la esperanza y el abandono.
Conviene recordarlo en una época que convierte cualquier debate en un campo de trincheras ideológicas. La protección de la infancia no debería ser patrimonio de ninguna sigla. Es un deber anterior a la política, casi biológico, como el impulso de proteger la vida que comienza. Cuando una sociedad mide su progreso solo en cifras de crecimiento y olvida la suerte de sus niños más frágiles, empieza a perder algo más que estadísticas: pierde el alma.
Quizá dentro de unos años nadie recuerde el titular que anunciaba este refuerzo en Bizkaia. Pero habrá jóvenes que no sabrán que su historia pudo torcerse y no lo hizo porque alguien, a tiempo, abrió un expediente y lo cerró con una solución. Esa es la grandeza modesta.