El sacacorchos

La Santa Paciencia

04.04.2020 | 00:14

MUERE una semana y se avecina la siguiente. No una cualquiera, no. La Semana Santa, ni más ni menos. Un tiempo que cada cual vive –o mejor dícho, vivía...– a su manera: algunos, en recogimiento y presenciando una sucesión de procesiones; otros, en acogimiento de nuevas tierras, y visitando otros lugares para cambiar de paisajes y hábitos. Desconexión, ¡snif!, se llamaba. O vacaciones. Escribo el término y me entra un escalofrío. ¿Se acuerdan cuando considerábamos unas buenas vacaciones como el tiempo en que no tienes nada que hacer y tienes todo el día para hacerlo...? Tengo que escribir a la RAE (ahora que íbamos a coger el coche y la vieja Academia nos daba permiso para llamar alcoholímetro al tubito ese de soplar...) para que cambie esa acepción en el diccionario. Puede usar la definición para describir el término confinamiento. Se ajusta más a la realidad y no toca tanto los... ¡ya saben qué! Invoquemos a la Santa Paciencia.

No sé si vendrá porque tiene trabajo a tutiplén. La llaman las personas afectadas por el coronavirus; los familiares, que no pueden consolarles, y los sanitarios y sanitarias que, cuidándoles, tampoco tienen tiempo libre. También piden cita con ella los niños y niñas y la gran mayoría de la juventud que ven como les hierve la pura sangre que corre por sus venas y han de quedarse en los establos domésticos; los amantes de los mediodías soleados como el de ayer, cuando su grupo sanguíneo se transforma en A-peritivo y añoran el vermú como el agua en el Kalahari. Hacen cola a la puerta de su oficina quienes pierden los nervios después de perder el puesto de trabajo y quienes pierden la forma tras quedarse sin pista libre para deportizarse. Buscan remedio en su consulta los optimistas recalcitrantes, que ven cómo el confinamiento crece hasta parecerse a un convento de clausura y la pierden los osados que deciden hacer la primera tortilla de patatas de su vida, ahora que pueden, cuando observan, impotentes que nada cuaja y que todo se quema. Solo la belga Suzanne Hylaerts tuvo la templanza suficiente de ceder, a sus 90 años, su turno de respirador para alguien con más vida por delante. Murió tranquila y en paz.

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