No satisfechos con incumplir el compromiso del canje de mujeres, las arrancan de sus hogares y las expulsan por la fuerza de sus pueblos obligándolas a recorrer en éxodo dramático, acompañadas de sus hijos, la distancia que las separa del frente de combate y a atravesar las avanzadillas y fortificaciones de las líneas de fuego”. Así reza el documento redactado por el entonces llamado Gobierno Provisional de Euzkadi en 1937 y cuyo subtítulo es claramente ilustrativo de la crueldad que protagonizaron las fuerzas armadas al servicio de Franco: “La inhumana expulsión de Guipúzcoa de niños y mujeres a través de las líneas de fuego”.
Esta fue el corolario negro a la ruptura unilateral fascista de las negociaciones impulsadas por el Gobierno Vasco y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para lograr un canje general de prisioneros y detenidos de ambos bandos de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa en el marco del proyecto de humanización de la guerra civil española. Un corolario negro de trágicas consecuencias que, tal como expone el informe oficial del ejecutivo vasco, significó “un procedimiento de expulsión de madres, mujeres, hermanas e hijos de nacionalistas [vascos] que no quedaron en territorio guipuzcoano sometido a su tiránica dictadura, tan inaudito, tan feroz, tan salvaje, que sólo se concibe en la mente nublada por el odio de un orate o en los procedimientos bárbaros de las tribus salvajes”.
Un ejemplo de este proceder inhumano lo encontramos en la literalidad de la orden dictada el 4 de febrero de 1937 por la Comandancia Militar de Azkoitia y dirigida a una madre de familia de la localidad: “Habiendo transcurrido con exceso el plazo concedido por el Alto Mando para que vuelvan a sus domicilios los cabezas de familia, huidos al campo enemigo, y no habiendo dado cuenta de haberse presentado, procederá en un plazo de cuarenta y ocho horas a marcharse del pueblo, adoptando una de las dos resoluciones siguientes: 1ª Pasar directamente al campo enemigo y 2ª Dirigirse a otra provincia española”. A todas luces, la orden era profundamente inhumana ya que, por una parte, no existía posibilidad alguna de comunicarse con sus familiares del otro lado del frente y, por otra, la vuelta de dichos “cabezas de familia” (la mayoría no combatientes, sino simples refugiados), significaba firmar su sentencia de muerte. La orden militar rebelde, era un burdo y sarcástico pretexto para perseguir sin compasión.
Siguiendo el relato del informe oficial vasco, la expulsión comenzó a materializarse el 8 de febrero y “todos los días, tristes caravanas avanzan trémulas de espanto, estremecidas de horror cruzando las avanzadillas de los frentes. Son las mujeres y niños, entre los que figuran criaturitas de pocos meses y ancianas que, forzadas a abandonar sus hogares, son obligadas en éxodo dramático a esta peregrinación de dolor, a este tránsito inhumano”.
Una de las “amamas” obligada a exiliarse de su pueblo fue la ondarrutarra Justina Berridi Iturriza, de 97 años, preguntándose el informe del gobierno Agirre lo que sigue: “¿Qué clase de culpa habrán atribuido para perseguir con tanta saña a esta pobre anciana vasca? ¿Qué daño puede causar a nadie esta infeliz casi centenaria?”.
Tomando como referencia la crónica del diario abertzale bilbaíno Euzkadi, el día 10 de febrero, más de cien ciudadanos de Mutriku, abandonaron forzados el municipio costero, “con sus hijos en brazos y cargadas de hatos de ropa y de maletas”. Entre ellos: María de Bollein Balentziaga, con su hija Miren, de tan solo cuatro meses y Martina de Belaustegi Baldor, con sus hijos Miren, Lore, Josué, José Luis, Josu, Narciso, Sabin, Garbiñe y Miren de Andonegi, con edades entre los dieciséis y el año. A Mutriku le siguieron Elgoibar y Altzola y el trasiego humano continuó durante bastantes días.
Trasladadas y acogidas en la capital vizcaína, adonde llegaron presas del terror porque los fascistas les habían dicho que allí imperaba el hambre hasta la extenuación «y los vecinos comían ratas», los testimonios de estas víctimas dieron prueba de la bárbara persecución facciosa. Uno de ellos refiere cómo una mujer, madre de una criatura de tres meses, tuvo que abandonarla a los cuidados de su tía, “porque solo le dieron media hora de tiempo para preparar su forzado abandono”. Otra de las mujeres expulsadas, madre de nueve hijos, tenía a tres de ellos enfermos con una horrible tos ferina. Al decirle al capitán rebelde que era inhumano sacar en esas condiciones a las criaturas y llevar ese foco de infección al lugar de destino, este le contesto: “Que se les lleve, mejor. Ojalá se contagien y se mueran todos”.
A otra joven represaliada, a punto estuvo de alcanzarle una descarga cerrada de fusil cuando al trasponer las fronteras de los rebeldes y sentirse libre de la opresión fascista grito ¡Viva la República! ¡Gora Euzkadi!. Esta misma mujer narró el diálogo que sostuvo con un soldado que vestía el uniforme de los requetés por la fuerza “sin duda, palpitando en su interior el corazón angustiado de algún patriota vasco”. El soldado estrechó la mano de la emakume y balbuciendo le dijo: “Ondo bizi zaitez” (Que te vaya bien), a lo que ella respondió: “Eta berriz mundu honetan ikusten ez bagera, beste munduan bai, han ikusiko gera…” (Si no nos volvemos a encontrar en este mundo, en el otro sí; allí nos veremos).
Esto es el fascismo, deshumanización y crimen. No olvidarlo y combatirlo siempre ha de ser una prioridad nacional.
Doctor en Historia Contemporánea