Pongo música en el coche. Escojo una cadena con programaciones que me gustan porque en sus espacios escucho habitualmente mensajes que coinciden con mi manera de pensar en cuanto al feminismo y la igualdad. Y me salta una canción con la siguiente letra: “Esa falda chiquitita qué bonita te queda…”. Reguetón. Buf, qué pereza pienso, pero aguanto a ver cómo sigue. Tal que así: Ese culo pone a las demás inseguras. Apago la radio. Y me da por pensar que qué contradicción que la misma cadena de radio que trabaja por la igualdad, a su vez, permita que se cuelen mensajes que cosifican a la mujer y que son escuchados por cientos de niñas y adolescentes. Porque, si alguien todavía no lo sabe, el reguetón lo ocupa casi todo hoy en día. Se escucha en patios de colegios e institutos sin que nada ni nadie filtre el contenido obsceno que les llega y que establece en más ocasiones de las que se debiera la imagen de una mujer como mero objeto sexual. “¿Por qué quitas la música?”, me preguntan desde atrás dos pequeñas invitadas que llevo. Y les explico el porqué aunque, claro, no lo entienden. Si lo escuchan en la radio y en la ikastola “¿qué hay de malo?”, me dicen. Es costosa la lucha por la igualdad y el empoderamiento de las mujeres cuando no se le pueden poner puertas al campo. Cuando el mensaje que se siembra y se riega en casa tiene, en ocasiones, tantos elementos en contra. Pero hay que practicar, como ya he dicho en otras ocasiones, el insistencialismo que tan bien promulga mi buen amigo Iñigo Camino y no desfallecer para que la causa no termine por ser vencida. Pongo música de nuevo, pero la elijo yo. Suena A quién le importa de Alaska y Dinarama. Mis pequeñas acompañantes se tronchan de la risa porque creen que es música antigua. Les digo que sí, pero les hablo de la letra. El viaje ya es otro.
- Multimedia
- Servicios
- Participación