El árbitro Iglesias Villanueva no estuvo tan mal como la gente cree en el partido de ayer contra el Villarreal, lo que pasa es que nos puede la pasión. En la primera parte llevó bien el partido y solo sacó una tarjeta: a Ekiza, y de manera justa, aunque debió también debió mostrar la cartulina amarilla al central Gonzalo por una clara falta a Muniain en el minuto 12. Después del descanso, ya en el segundo periodo sacó tarjetas y repartió errores por igual. Los árbitros asistentes también estuvieron bien en casi todos los fueras de juego señalados, por lo que los pitos finales con los que la afición despidió al colegiado resultaron excesivos.
Si analizamos el nerviosismo del público de San Mamés se pueden entender dichos abucheos, pero ello no significa que se le tenga que echar la culpa de haber empatado el partido al árbitro, que no erró en ninguna jugada conflictiva, ya que el partido discurrió sin complicaciones reseñables. Además, estuvo acertado al no señalar penalti a Amorebieta en el minuto 10 de partido, mientras que en la segunda mitad también acertó al no señalar la pena máxima por un forcejeo entre el central rojiblanco y Marco Ruben, que acabó tocando el balón con la mano, lo que conllevó la señalización de la falta en ataque. Hay que entender que los dos equipos cometieron faltas y que fútbol es fútbol, lo que quiere decir que cada caída no tiene por qué conllevar la falta. Últimamente, parece que no se nos puede tocar en San Mamés, cuando en realidad hacemos lo mismo que otros equipos.
Por otro lado, me parece que a los socios compromisarios y por extensión, a toda la masa social, algo nos tenía reservado el señor García Macua y ahora nos enteramos de que la auditoría presentada da un agujero de 10 millones de euros. Lo que se ha conseguido es que la masa social vuelva a estar revuelta y molesta, debido a los resultados que no acaban de llegar y los datos que van saliendo de la propia entidad.