Me niego a escribir su nombre y el apodo que le hizo tristemente célebre durante su delictiva vida. Asesinó a 17 personas, siendo una de ellas José María Piris, un chaval de trece años y resultando herido en aquella machada su amigo Fernando, quien perdió la visión en un ojo, la audición en un oído, además de diversas lesiones; me consta que no hay día en que no recuerde a su amigo de infancia. ¿Cuáles habrán sido los últimos pensamientos de ese intrépido y osado liberador de pueblos durante su estertor? Un moderno Capitán Trueno, un genuino jabato que se jactaba de que él ejecutaba, no mataba; un ducho ejecutor que en un alarde de máximo coraje y bravura, paró a un vehículo que llevaba a un herido de una de sus ekintzas (acciones) y tras abrir la puerta, le remató. Fanfarrón y engreído, jamás renegó de sus criminales actos sino que se ufanaba públicamente de ellos. ¿Cómo puede existir gente que lo venere como a un dios? ¿Qué decir de jóvenes para quienes es un icono, un faro que les guía y a quien emular? Confiemos en que ese tipo de homo sapiens se haya extinguido y sea una horrorosa pesadilla que no se vuelva a repetir. No banalicemos el mal, no le abramos la más pequeña de las rendijas porque entrará para destruirnos. A este, le llegó su hora.