En su paso por el epicentro del muelle Arguineguín en Canarias, ya venía preparando el terreno para la acogida de emigrantes. Nos exige que abramos los brazos a la inmigración, pero porque nadie habla de las leyes hiperrestrictivas, que él mismo aplica dentro de su propio país. Dice que no podemos acostumbrarnos a que el Aatlántico y el Mediterráneo, sean cementerios sin lápidas, y que la dignidad humana no tiene pasaporte.

Ahora viene el baño de la realidad, qué pasa si un  inmigrante intenta entrar de forma irregular o saltarse los controles del microestado que el propio papa dirige, pues que la ciudad del Vaticano tiene una de las legislaciones de extranjería más sanguinarias del planeta, su normativa actual establece que entrar sin autorización o esquivar sus controles, se castiga con multas brutales, entre 10.000 y 25.000€, con penas de cárcel de 1 a 5 años, juicios inmediatos al día siguiente de su detención, y órdenes de expulsión con métodos de reentrada hasta de 10 a 15 años.

“Consejos vendo, pero para mí, no tengo”. El Vaticano, es un enclave diminuto que funciona como un Estado independiente y concentra todo su poder en torno a la Iglesia católica. “Con la Iglesia hemos dado, Sancho y pliega a Dios que no demos con nuestra sepultura, y que no es buena señal andar por los cementerios a tales horas”.