Donald Trump siempre nos ha acostumbrado a su soberbia, falta de educación y ese carácter chulesco que lo situaban más como presentador de un reality show que como presidente de la primer potencia del mundo. Eso, aunque difícil de aceptar, se podía asumir dentro de esta ola populista y extremista que recorre el mundo; pero los nuevos delirios del presidente de los Estados Unidos, sus amenazas de exterminar a una civilización, su deseo de conquistar Groenlandia, su ofensa y falta de respeto a sus socios y aliados, junto con las críticas al Papa, traslucen una realidad: este hombre no está en sus cabales. 

Es necesario que se abra un proceso de impeachment, ya que constituye una amenaza a la democracia americana y al mundo en general. Su última genialidad y la de sus palmeros es equipararle a Jesucristo: si queremos buscar una reencarnación más apropiada, Nerón le viene como anillo al dedo.