¿Qué hacen ochenta bodegas en un pabellón ferial el último lunes de enero? ¿Con qué propósito dejan el campo, la bodega y el despacho para desplazarse a la ciudad con sus mejores galas? La respuesta es evidente, acudir a un espacio que les permita vender mejor, relacionarse y descubrir novedades. En definitiva, trabajar por el futuro de su sector.

Por eso resulta especialmente decepcionante que Gure Ardoak, que podría haber sido un escaparate ejemplar para el tejido vitivinícola, no cumpliera con las expectativas. La feria careció de lo esencial, de aquello que realmente importa. Brilló por su ausencia el público profesional adecuado, ese que convierte un evento en una oportunidad real. Sin personas compradoras, distribuidoras ni prescriptoras suficientes, la actividad entre los estands se redujo a conversaciones de escaso calado empresarial y a una sensación generalizada de ocasión perdida.

La puesta en escena tenía potencial, pero la organización falló en lo más básico. Faltó profesionalidad a la hora de cuidar al público objetivo y de facilitar un verdadero encuentro comercial, creando las condiciones necesarias para abrir vinos, abrir conversaciones y cerrar contratos. Sin eso, una feria se queda en un simple decorado.

Como consultora agrosocial que acompaña al sector para que pueda vivir mejor de su trabajo, me sentí decepcionada. No podemos permitirnos costes de oportunidad de esta magnitud. El sector ya arrastra suficiente frustración como para añadirle un mensaje tan poco delicado hacia quienes sostienen, con esfuerzo y esperanza, una parte esencial de nuestra vitalidad rural.

Confío en que la organización sepa escuchar y atender las menciones de las empresas que dedicaron su tiempo, su dinero y su ilusión a un evento que, lamentablemente, creo que se quedó en agua de borrajas.