Opioides, mentiras y poder
En el debate sobre la crisis del fentanilo en Estados Unidos se insiste, una y otra vez, en señalar enemigos externos y soluciones espectaculares, cuando el origen del problema está bien documentado dentro de sus propias fronteras. Durante al menos dos décadas, grandes farmacéuticas estadounidenses produjeron y vendieron toneladas de fentanilo y otros opioides, recetados de forma masiva por médicos que los dispensaban casi como si fueran aspirinas. Las autoridades sanitarias lo sabían, las empresas lo sabían y existen numerosos artículos de aquellos años que lo acreditan.
Cuando la adicción ya estaba profundamente instalada en la sociedad estadounidense fue cuando las mafias -locales, mexicanas o chinas- vieron un negocio claro y se subieron al carro. Pero el origen del desastre, y todavía hoy una parte importante del mercado, sigue ligado a las farmacéuticas de Estados Unidos. Cambiar ahora el relato para cargar toda la responsabilidad en el exterior, como hace Donald Trump una vez más, no es solo falso: es una forma de eludir responsabilidades.
Pensar que el problema de la droga en Estados Unidos se va a resolver bombardeando Venezuela resulta tan absurdo como creer que así se fortalecerá la democracia en Sudamérica. De hecho, cabe preguntarse si ciertos líderes que hoy se presentan como salvadores -ya sea Milei, Bolsonaro u otros- no terminarán derivando, a medio plazo, en nuevas versiones de aquello que dicen combatir.
Menos propaganda y más memoria. Menos enemigos imaginarios y más autocrítica. Solo así se podrá afrontar un problema que es, ante todo, consecuencia de decisiones internas y de una impunidad prolongada.