Cartas al director

El capítulo dos

17.12.2021 | 00:30

Le cayeron siete, y cuando le dijeron que en dos le concederían en la condicional, visitó el fondo. ¿Cómo se hace pasar el tiempo más rápido? Y él, que se había releído media biblioteca, pero nunca había engendrado un solo texto, pensó que si para leer debía uno concentrarse, no digamos ya para escribir. Y le preguntó al director del encierrabobos si podía proporcionarle papel y boli. Y como el otro se le quedó mirando como quien lo hace esperando que caduque una hamburguesa de dos noventa y cinco con patatas y bebida, añadió: Que sea mucho papel y una caja de bolis. Y este hizo un mohín y le mandó a volar, como dicen allá en México. Y cuando ya veía todo el mundo desde abajo, el guardia de turno le pasó un fajo y dos BIC usados –que gente buena hay en todo oficio–, y entonces no le cupo el corazón en un cartón y le escrituró una parcela en su memoria. Se aisló y mantuvo la distancia social, como nos han enseñado. Pasaba horas en su mundo y solo salía en el turno de comidas y al patio, con permiso –con y sin mascarilla respectivamente–, a una hora elegida así, al tuntún, mejor cuando no hubiera nadie. El día que oyó ese cerrojo por última vez, le preguntaron qué quería hacer con tantos folios amontonados. Y él les contestó que era un regalo. Que quizás un día valdrían más que su peso en papel e ilusión. Eso les dijo, el tío. Unas doce olas de virus después, el día de su primera firma de libros en un café de esos tipo vienés –ya sabéis, donde la gente rara lee y se toma un café–, se le acercó aquel guardia con un ejemplar en la mano y en la cara una mueca amable. ¿Me lo dedicas? Te he dedicado el capítulo dos. Entero.

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