El chinazo en la luna delantera restalla como el latigazo de un dios a sueldo de Joseba de Carglass. Cuando aparco busco el impacto, pero solo encuentro la cagada de un milano o un quebrantahuesos. Tiene que ser una rapaz, porque en el centro de lo que luego Chat GTP me revelará que no es un excremento sino algo llamado egagrópila (una especie de bola que ciertas aves regurgitan y escupen por el pico en lugar de por la cloaca) hay algo duro, un trozo de hueso, quizás de algún ratoncillo o erizo, que retiro con mis propias manos, desasosegado por la idea de que bajo él aparezca alguna grieta en el cristal.
No la hay, las vetas que se han abierto alrededor de la esquirla son solo suciedad, la onda expansiva y la metralla del meteorito. Finalmente, me lavo las manos chapuceramente, empapando un kleenex con el agua del limpiaparabrisas.
Dos días después comienzan los retorcijones, un dolor de estómago punzante acompañado de náuseas, como si yo también estuviera conformando e intentando expulsar mi propia egagrópila; retorcijones que finalmente se traducen en una descomposición torrencial y que me hacen pensar en mí mismo como el paciente cero, el primer caso de infección humana por culpa de una nueva gripe aviar.
Nuestra vida, y sus circunstancias, son pura contingencia, un boleto en la lotería del azar. Para que yo acabara sentado en un trono, un habitante de la república roedora había tenido que ser previamente arrebatado a la tierra por un águila ratonera que, por su parte, había tenido que vomitar los restos de su banquete justo en el preciso momento que sobrevolaba mi coche.
Y así podríamos seguir ad infinitum. Para que un alumno de un colegio privado o concertado consiga la nota que necesita para entrar en determinada carrera universitaria, un profesor ha plagado previamente su cartilla con sobresalientes dopados. A su vez, supongo que alguien le ha sugerido a este profesor que inyecte la “sobresalientelina” a sus alumnos para promocionar la excelencia académica del centro.
La meritocracia y la igualdad de oportunidades son solo otra egagrópila, que escupe desde lo alto un ecosistema que protege a sus halcones y deja desguarnecidos a los que considera ratones, es decir, a la educación pública y a quienes juegan limpio o solo con su esfuerzo. Aunque, a diferencia del chinazo y mi diarrea volcánica, todo esto puede que no sea solo un cúmulo de casualidades cósmicas.