Sucedió con otros lehendakaris antes -Leizaola y Ardanza, los dos cuyo duelo pudo ser inmediato y proyectado con la debida dimensión colectiva; no así con Aguirre, fallecido en el exilio- y, ayer, la figura de Carlos Garaikoetxea se impuso al resto de la actualidad más allá de las siglas de los partidos -PNV y EA- en los que dejó impronta.

Cuando hay legado, el reparto de la herencia entra en disputa. Por eso conviene identificar los activos de esa herencia. Desde la subjetividad que acompaña al oficio de juntar letras, otros ponderarán diferentes aspectos de ese legado. A mí me interesan los que siguen.

Sin obviar la proclama emocional que implica que un navarro presidiera el PNV y el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Euskadi, me quedo con el pragmatismo. El que guio a quienes impulsaron el soberanismo vasco y acertaron hasta el punto de que lo han acabado abrazando, con fe del converso, quienes lo denostaban.

Con él, la construcción nacional desde una base jurídica -el Estatuto de Gernika- e institucional -administraciones propias- que diera sentido al anhelo mediante el autogobierno con sentido práctico: configurando estructuras de Estado. Y, asociado a ese legado, el compromiso ético de una construcción democrática. Sin alzamientos mágicos ni socialización del dolor. Con repulsa de la violencia y defendiendo que construir comunidad es un proceso inclusivo, de respeto y convivencia con el divergente.

La gota que colma

Fracaso en dos o tres semanas

Crisis en Ormuz. Donald Trump ha vuelto a hacerlo. Durante la campaña electoral de 2024 prometió acabar con la crisis de Gaza antes de tomar posesión y con la de Ucrania, en 24 horas. Su sistema para la primera fue hacer un resort del que sólo ha cumplido la demolición previa y, para la segunda, un plan a 100 días que venció y fracasó estrepitosamente pero nadie le lleva la cuenta porque de inmediato nos mete en otro lío. Ahora, ha vuelto a decir -y en los dos meses de crisis lo ha hecho dos o tres veces- que lo de Irán se acabará en un par de semanas. Habrá que agradecer que ponga plazo a sus fracasos.

Cada cual identificará qué voces son hoy herederas de ese legado. Pero, desde luego, lo leal para enarbolar su imagen sería cumplir esas premisas y no aparentar que su capital político nace o muere con la escisión del PNV y concluye con el acercamiento a Bildu. Por cierto, un proyecto en el que creyó y del que denunció con nitidez su deriva de “apropiación partidista” y su reducción “a los condicionamientos de una izquierda abertzale histórica, condicionada por su pasado y su radicalismo ideológico”. Lo dijo él; no otros por él.