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Bilbao y el desafío de la seguridad

Recientemente, hemos presentado en rueda de prensa celebrada en el Ayuntamiento de Bilbao un diagnóstico sobre la seguridad de nuestra ciudad. Como cabría esperar de un tema sensible como el que nos ocupa, ha suscitado opiniones encontradas. En ocasiones, incluso, reprochándonos el haber dicho cosas que no dijimos jamás. Como responsable de un equipo de investigación con más de dos décadas de trayectoria en el análisis de la seguridad urbana, nuestra intención ha sido, y será siempre, aportar una radiografía rigurosa que sirva de base para políticas públicas eficaces, huyendo de simplificaciones o sesgos que solo pueden contribuir a enturbiar un debate necesario para la convivencia.

Para entender la seguridad en Bilbao, es imperativo distinguir entre lo que los datos policiales nos dicen y lo que la ciudadanía siente. El informe revela que la criminalidad en Bilbao ha seguido un patrón desigual en el último sexenio: tras una caída drástica en 2020 por la pandemia, se produjo un repunte que alcanzó su pico en 2022, para iniciar después una senda descendente. Cerramos 2024 con 29.388 delitos registrados, una cifra inferior a la de 2022 y que sitúa a Bilbao en niveles similares o incluso mejores que los de muchas ciudades sociodemográficamente comparables. De hecho, el 80% de los bilbaínos y bilbaínas considera que su ciudad tiene igual o menos delincuencia que otras urbes del Estado.

Sin embargo, no podemos ignorar las señales de alerta. El informe señala con honestidad un crecimiento sostenido desde 2022 en los delitos contra las personas, como agresiones o delitos sexuales. Aunque su incidencia cuantitativa sigue siendo baja, su impacto en la convivencia es profundo y justifica plenamente una estrategia municipal prioritaria. Negar los problemas no ayuda a resolverlos, pero sobredimensionarlos tampoco contribuye a la solución.

Aquí es donde entra en juego la dimensión subjetiva: la percepción de seguridad. Mientras que la victimización real se mantiene baja y estable –solo entre un 8% y un 11% de la población declara haber sido víctima de un delito recientemente–, la sensación de inseguridad ha crecido. La valoración ciudadana de la seguridad ha descendido de un 6,59 en 2019 a un 5,68 en 2025. Esta “brecha” entre el dato objetivo y la vivencia subjetiva es uno de los hallazgos más relevantes del estudio, aunque sigue la pauta de otras ciudades del Estado y europeas.

¿A qué responde este desencuentro? En primer lugar, a una ciudadanía más exigente que vincula la seguridad a la calidad de la convivencia cotidiana: el ruido, el vandalismo o el deterioro del espacio público. En segundo lugar, no podemos obviar la dimensión mediática. El análisis detecta que, desde 2023, el volumen informativo sobre sucesos ha crecido nítidamente, predominando marcos narrativos de “aumento de la inseguridad” y la dramatización de hechos puntuales frente un relato contextualizado.

Cimientos sólidos

Sugerir que los medios de comunicación tienen un papel en la configuración del miedo al delito no es buscar culpables, sino reconocer una realidad sociológica estudiada durante años y presente en todos los países de nuestro entorno. El problema, por supuesto, no es que se informe sobre un delito, sino que la acumulación de noticias sobre sucesos puntuales, sin el contrapeso de los datos de tendencia o comparativas territoriales, acaba reconfigurando un clima social de preocupación y una sobreestimación de la incidencia delictiva. Los medios, como actores fundamentales de nuestra democracia, tienen una responsabilidad compartida en la construcción de una percepción equilibrada y sincronizada con el nivel real de inseguridad.

Afortunadamente, Bilbao cuenta con cimientos sólidos. La Policía Municipal mantiene una valoración alta (en torno al 7 sobre 10), siendo reconocida por su profesionalidad y cercanía. Esta confianza institucional es uno de los mayores activos para implementar las mejoras que el propio informe propone: potenciar la policía de barrio, integrar la seguridad en el diseño urbano —mejorando la iluminación y el mantenimiento de zonas degradadas— y fortalecer la comunicación directa con los vecinos y las vecinas.

Creemos que la seguridad urbana no debe gestionarse a ciegas ni al dictado de titulares alarmistas. Requiere serenidad, evaluación continua de los datos y, sobre todo, una escucha activa de las preocupaciones reales del barrio. El debate no debería ser si Bilbao es, o no, una ciudad peligrosa –los datos dicen que no lo es–, sino cómo podemos trabajar juntos (instituciones, Universidad, medios de comunicación y ciudadanía) para que la sensación de libertad y tranquilidad que siempre ha caracterizado a nuestra Villa siga siendo nuestro mejor patrimonio.

Profesor de Psicología Social de la EHU