Había una vez un autor de libros de autoayuda (en esta ocasión sí, no era de antiayuda) que deseaba recopilar relatos inspiradores de manera que preparó un ejemplar para su venta llamado 101 historias bonitas. Desconozco si la idea fue del editor o del escritor, pero dándole vueltas al asunto decidió cambiar el título y denominar la obra “sopa de pollo para el alma”. Las ventas se multiplicaron hasta lograr un clásico. Todo por un título.

¿Se nos ocurre algún título que sirva para resumir nuestra vida? O todavía mejor, vamos a usar el camino contrario: ¿qué actividades podemos realizar para crear un título de interés? Es un tema muy personal que conlleva una reflexión profunda y delicada. Ahora bien, ¿qué no deberíamos hacer bajo ninguna circunstancia? En otras palabras, ¿cómo evitar arrepentimientos en el futuro? Algunas opciones las conocemos: dedicar menos tiempo a las redes sociales y a las pantallas, no dejarse llevar por el qué dirán y la aprobación de los demás, no estar pasivos sin saber lo que hacer…. en resumidas cuentas: no dejarse llevar. Pasamos al tema central.

El caudal tan inmenso de información que recibimos cada día obliga al cerebro a realizar un proceso de filtrado constante. Eso pasa por adjuntar un título o etiqueta a una persona, animal, lugar o cosa. Es la denominada falacia de la composición: si alguien es muy bueno jugando al fútbol, es muy bueno en el resto de características de su vida. Eso nos lleva a la peor de las simplificaciones, consistentes en catalogar a las personas como “buenas” o “malas”. Es un error, ya que un buen compañero de trabajo puede ser un pésimo amigo, un gran padre y un pésimo marido. Todo va en el mismo saco; por eso se deben juzgar comportamientos concretos, no personas. Sin embargo, la simplificación del cerebro lleva a hacer eso en sentido contrario.

Las empresas lo saben, como podemos comprobar con diversos ejemplos. Lo hace muy bien Coca Cola cuando se autodenomina la chispa de la vida. Si se definiera como “el refresco gaseoso de la vida” sus ventas se hundirían. Es lo que realizaron las empresas de diamantes (aunque ahora este mercado se encuentra en regresión) cuando crearon el slogan “un diamante es para siempre”. Es la razón por la que nos cuesta comprar tecnología realizada en países a los que no asignamos ese atributo. Se valora muy bien este asunto en el mercado automovilístico: los coches chinos van entrando en el mercado poco a poco al asociar el país asiático a productos de bajo valor añadido. Sí, son imágenes que van cambiando con el tiempo, pero siempre lo hacen de forma gradual. Nuestro cerebro colapsaría si el atributo asignado a un concepto cambia de forma radical de un día para otro. 

Bienvenidos al mundo de la política. ¿Es correcto etiquetar a los partidos entre derechas e izquierdas? ¿En qué se diferencian? Los primeros priorizan la eficiencia o crecimiento económico, aunque eso suponga un reparto de la tarta más desequilibrado. En consecuencia, les parece más útil bajar impuestos; así se creará más riqueza. Los segundos priorizan la equidad para evitar clases sociales muy ricas y muy pobres. En consecuencia, les parece más útil subir impuestos, así la redistribución será más justa. Bien, eso es la teoría. En la práctica, hasta hace poco, los partidos se adaptaban al ciclo económico, y es que ya lo dijo el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero: “Bajar impuestos es de izquierdas”. En la actualidad y de manera genérica en Europa se tienden a subir los impuestos por una mera cuestión de influencia y poder. Lo expresó muy bien otro expresidente del gobierno, Felipe González, cuando comentaba que “el verdadero poder es disponer de dinero, no de tenerlo”. Traducido: si te portas bien tendrás subvenciones, si te portas mal… pues eso.

Sea de una manera u otra, cada partido busca un título que le permita ser identificado por la mayor parte de la población: palabras como “libertad”, “progresismo”, “justicia” o “igualdad” se usan de manera constante aunque no tengan contenido práctico alguno. Hemos visto que las empresas también lo hacen: una asociación del tipo “salud”, “seguridad”, “identidad”, “tranquilidad”, “eficacia” sirve para aumentar de manera práctica las ventas.

Estas líneas pretenden reflexionar acerca de las etiquetas que tendemos a usar en nuestra vida cotidiana. ¿Son ciertas? ¿Son adecuadas? ¿Me las han metido en calzador? ¿Se adaptan a la realidad? Profundizando todavía más: ¿qué etiqueta quiero para mí? ¿Concuerda con mis valores? ¿Encaja mi autoconcepto con el que los demás tienen de mí? Si respondemos estas líneas con autocrítica y sinceridad podremos ver el mundo de otra manera y comprender como muchas veces el título que otros se ponen o nos asignan es una mera estrategia para obtener algo a cambio. Todo esto nos lleva a la pregunta final: ¿cómo etiquetarnos a nosotros mismos?