El año 2025 que acaba de finalizar, pasará a la historia como un año extraordinariamente cálido, que, a falta de confirmarse será el segundo más caluroso a nivel global hasta la fecha.
Los datos son muy preocupantes, pero todavía es más alarmante que en el promedio trienal del período 2023-2025 se haya superado los 1,5ºC por primera vez, que sigue siendo el objetivo del Acuerdo de París para finales del presente siglo, aprobado en la conferencia sobre cambio climático de la ONU de 2015 (la COP21), hace ya más de diez años.
Ya 2025 comenzó mal en materia climática. Donald Trump se hizo con la presidencia de la primera potencia global en noviembre de 2024, pero a finales de enero se hizo oficial: Estados Unidos salía del Acuerdo de París. Esa decisión tuvo su influencia en la Cumbre del Clima de Belém (COP30) celebrada el pasado noviembre. Ni hoja de ruta para acabar con los combustibles fósiles, ni incremento de los compromisos de los países para descarbonizar sus economías, ni los fondos necesarios para hacer frente al problema. La declaración final de la Cumbre, si bien recoge algunos avances no demasiado concretados, como la puesta en marcha del Mecanismo de Belém para la Transición Justa, queda muy lejos de las expectativas de una presidencia brasileña que había puesto el listón mucho más alto, pero que fue frenada por una unión de países petroleros y naciones en manos de gobiernos partidarios de retrasar, cuando no torpedear, la lucha contra la crisis climática.
En 2025, un equipo internacional de científicos de World Weather Attribution (WWA) que realiza estudios rápidos sobre fenómenos extremos con elevados impactos entre la población para analizar la función que ha desempeñado el cambio climático en esos episodios, han investigado 22 de esos eventos en África, América, Asia, Europa y Oceanía. En 17 casos han determinado que fueron “más graves o más probables debido al cambio climático”. En los cinco restantes, explica WWA en su informe, los resultados no fueron concluyentes debido fundamentalmente a la falta de datos meteorológicos y a las limitaciones en los modelos climáticos. Entre los eventos que analizaron y en los que sí localizaron la huella del calentamiento global como agravante están los incendios de agosto en el noroeste de la península Ibérica. De entre todos los fenómenos meteorológicos extremos, WWA considera que las olas de calor fueron las más mortíferas de 2025.
Este 2025 ha sido también el año del ascenso de los movimientos negacionistas, con Donald Trump a la cabeza, y donde la ultraderecha ha impuesto sus políticas retardistas y antiecológicas en Europa. Los Paquetes Ómnibus (Omnibus Packages) de la UE, especialmente los recientes (como el Ómnibus VIII presentado a finales de 2025), bajo la excusa de que buscan simplificar la legislación ambiental para reducir la carga administrativa a las empresas, se traduce en el debilitamiento de normativas clave como la Directiva de Emisiones Industriales, la Directiva Marco de y la eliminación de obligaciones de planes de transición climática.
Tampoco puede ser ignorada en 2025 la noticia del Instituto para la Investigación del Cambio Climático de Potsdam que certificó en septiembre que la humanidad había rebasado el séptimo límite planetario para una existencia segura: la acidificación de los océanos. Un problema, por cierto, causado en gran parte por la quema de combustibles fósiles que provoca una mayor presencia de CO2 en nuestra atmósfera. De un total de nueve, solo dos límites siguen en la zona segura: el agujero de ozono y la contaminación de aerosoles y partículas en la atmósfera. Los otros siete han ido a peor. Se trata de la crisis climática, la integridad de la biosfera, el uso de agua dulce, la deforestación y los cambios de uso del suelo, la contaminación química, y los ciclos del nitrógeno y el fósforo.
Y por finalizar este breve balance climático de 2025, el último ejemplo ha sido el fin del veto a los coches de combustión, que los 27 habían pactado prohibido vender en 2035. En el fondo, se encuentra la lucha por la hegemonía en el coche eléctrico que los fabricantes europeos están perdiendo frente a sus competidores chinos. Una vez más, el dinero ha ido por delante de la crisis climática.
También ha habido alguna noticia positiva en materia climática: la Corte Internacional de Justicia sentenció en julio que las medidas gubernamentales que impulsan el cambio climático son ilegales y que los Estados deben ser considerados legalmente responsables de sus emisiones. El fallo es histórico por ser el primero emitido respecto a la emergencia climática del tribunal internacional más importante de la Tierra y porque, aunque no es vinculante, podría desencadenar “una reacción en cadena que acelerará los litigios climáticos a escala mundial”, tal como señalaban las organizaciones impulsoras de proceso judicial nada más converse la decisión.
Cabe mencionar también la reactivación de movimientos de ciudadanía en distintos países, y en Valencia, con ocasión de la dana, que han demostrado que la presión social puede reorientar dinámicas y pueden activar cambios relevantes en políticas.
No obstante, el balance es pesimista. La política continúa acomodándose a la economía cuando debería ser lo inverso. Las instituciones que debieran proteger a la población están capturadas por intereses que se benefician del statu quo fósil.
Es necesaria la movilización social e instituciones y empresas que se ajusten a la realidad climática.