Qué veranos aquellos en los que se imponía la obligación de enviar una postal allá donde se veraneaba (si es que se veraneaba, claro). La emoción de elegir la mejor foto representativa del lugar, pegar el sello y encontrar el buzón. Solemos pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y, en este caso, creo que se cumple el dicho. Hoy, qué pena, nuestras generaciones más jóvenes no saben qué es eso amarillo que todavía sobrevive en las aceras de nuestros pueblos y ciudades. El proceso de escribir la postal era un añadido a nuestra forma de relacionarnos. Hoy es un mero clik. Y a otra cosa.
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