Y tiro porque me toca

Secretos

01.05.2022 | 00:37
Secretos

La actitud, floja y lacayuna, del Gobierno español está invitando a los espías polacos a urdir toda clase de pruebas falsas contra Pablo González porque tienen tiempo, medios y ganas, y tal vez necesidad de encubrir su chapuza

ENTRE espías y secretos anda el juego. Sospecho que tiene razón Iñaki Anasagasti cuando dice que la comisión parlamentaria de secretos oficiales no sirve más que para cubrir el expediente y darle una apariencia de control a lo que en la práctica es incontrolable: un pozo negro bien sellado en beneficio de quien en cada momento ostenta el poder y no le conviene remover el cieno, aunque podría hacerlo, como ha sucedido con el actual Gobierno, cada día más deslucido, en repetidas ocasiones con asuntos que nunca se han aclarado, como el asesinato de Mikel Zabalza, Vitoria, Sanfermines... y muchos otros. Aquí las actuaciones y resoluciones judiciales no bastan porque en muchos casos están viciadas a origen.

No hay episodio siniestro de la reciente historia de este país que no esté cubierto por la ley de secretos oficiales. Ya se trate de asuntos de hace más de cuarenta años o de ayer mismo. No importa, todo lo que nos haga ver la intención injusta, abusiva o criminal con descaro de las sagradas instituciones españoles cae bajo el manto del secreto. No conviene que nos enteremos de cómo actuaban y de cómo mentían, de la falta genética de limpieza... ni más ni menos que otros países y otros gobiernos. Lo admito, aunque solo sea a efectos dialécticos, pero en eso poco consuelo cabe.

La siniestra ministra de Defensa en una de sus repulsivas actuaciones ha justificado lo injustificable, en plan Cid Campeador, por lo que se refiere al espionaje de políticos y abogados. Es obvio que Robles, con sus necedades de tertulia televisiva o de terraza y amiguetes, solo ha convencido a los que carecen de escrúpulos para emplear esos métodos con sus adversarios políticos convertidos en feroces enemigos necesarios, algo muy español, sin duda. Yo no sé lo que les pasa a esta gente cuando se ponen en contacto con las escopetas, la pólvora y los uniformes de marcar el paso. Lo digo porque sacan pecho de una manera desconsiderada sin temor al ridículo, tal vez porque creen vivir en el patio de un cuartel y están seguros de recibir el aplauso de los mandos y espectadores de su mojiganga. Una creencia no exenta de fundamento si nos fijamos en los encendidos apoyos con que cuentan sus alardes de ardor guerrero entre sus filas políticas, las ajenas y en los medios de comunicación afines a las guarradas del poder.

El secreto gusta, suscita complicidades, como ahora mismo está sucediendo con el periodista Pablo González, hacia el que el Gobierno español está demostrando una falta de empatía absoluta. Y lo peor es que con su fría actuación burocrática está arrojando sobre el periodista una sombra de duda y de sospecha que le merma apoyos.

El Gobierno español está admitiendo lo inadmisible y creando con ello un pésimo precedente: un ciudadano español encarcelado en régimen de incomunicación, total en la práctica, sin que se sepa en qué se basan los cargos genéricos que se le imputan. Eso es propio de regímenes totalitarios y de dictaduras. González tiene un abogado polaco de su elección, cierto, pero que en la práctica nada puede decir acerca de la acusación de espionaje ni despejar dudas ni ayudar a aplacar el miedo legítimo de los suyos por la suerte de Pablo; su familia no tiene acceso a él ni tampoco lo tiene su abogado, Gonzalo Boye, capacitado para actuar en los tribunales de la Comunidad Europea... y en más de dos meses el cónsul español solo le ha visitado dos veces. El caso es lo suficientemente grave como para haber recibido una atención más acuciosa por parte de la representación española. No, Pablo González no es uno más de los españoles detenidos en el extranjero. Es un periodista detenido en el ejercicio de su profesión dentro de la Comunidad Europea, en el marco de una guerra. La actitud, floja y lacayuna, del Gobierno está invitando a los espías polacos a urdir toda clase de pruebas falsas contra Pablo González porque tienen tiempo, medios y ganas, y tal vez necesidad de encubrir su chapuza. Imaginamos, de manera empírica, que de ser González periodista de El País o El Español (y los otros de esa cuerda) la actitud sería bien otra. Lo mismo con el espionaje de las escuchas: ¡menuda tremolina se habría armado de haber sido espiada la extrema derecha de Vox y compañía!

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