OR la historia y por la vida desfilaron miles, miles de millones de mujeres y entre ellas, como entre los hombres, un puñadito de ellas dejaron huella. Dejar huella no es sencillo porque el paso del tiempo es una marea que sube y baja y todo lo borra. Se lleva puentes y castillos, deshace sirenas y derrumba volcanes. Tumba todas las grandezas construidas con la arena del reloj que marca el tiempo. Una vida apenas es una gota en el océano. De hombre o de mujer, tanto da.

Hay una galería, eso sí, de inolvidables. Por ella desfilan los recuerdos de elegidas: desde Sherezade a Teresa de Ávila, desde Juana de Arco a Marie Curie, desde la madre Teresa de Calcuta a Virginia Wolf, desde Rigoberta Menchú a Marilyn Monroe, junto a mujeres anónimas o colectivos como las guerreras de la revolución mexicana o las luchadoras de la comuna de París. Así hay toda una colección de nombres propios que lograron romper eso que llaman los techos de cristal.

Fue Rubén Darío quien dijo aquello de que sin la mujer la vida es pura prosa pero fue más certera Coco Chanel al asegurar que una mujer ha de ser dos cosas: quien ella quiera y lo que ella quiera. No fue así a lo largo de los tiempos pero se va ganando tierra al mar de la Desigualdad. Todas importan.

"Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas", dijo ya en siglo XVIII Mary Wollstonecraft, filósofa y escritora inglesa de la época, consciente de que ser libre no es solo deshacerse de las cadenas propias, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás, sea del género que sea cada cual.

"Allí donde alguien lucha por su dignidad, por la igualdad, por ser libre... mírale a los ojos", nos cantaba Bruce Springsteen mucho después de que a principios del siglo XX diera en el clavo otra mujer que dijo que "la igualdad llegará cuando una mujer tonta pueda llegar tan lejos como hoy llega un hombre tonto".