O sé si cabrá tanto por mucho que se produzca una nueva ganancia de espacios para la ciudadanía y el comercio. Lo digo porque uno de los nuestros, Miguel de Unamuno, dejó escrita en su novela Niebla una descripción redonda pero algo larga de la calle, vista así, en su generalidad. No en vano, es el escenario de la vida y la vida ocupa mucho, incluso cuando hay que saldar cuentas y nos decimos aquello de "eso dímelo en la calle" . "La calle", dijo don Miguel, "forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de compasión, de amor, de odio; viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos." Leído así, de sopetón, una calle es la repanocha.

Tiene tantos usos, tantas costumbres; tantas maneras de vivir. Dejaron en sus aceras tantas huellas las gentes del vecindario que siempre hay un noséqué de inquietud cuando anuncian la transformación de una calle, aunque se presuponga que el mutis es para bien. ¿Se perderá el viejo estilo; se irán, con las obras, los fantasmas de la vieja vida? En esta transformación de calles y rincones de Bilbao para amoldarse a la vida moderna del siglo XXI todo suena bien. Se antojan avenidas más confortables y espaciosas para el vecindario; más transitables para el peatón y más ajustadas para el tráfico rodado; más apacibles para el visitante y más luminosas.

Hablamos hoy de Rodríguez Arias, una de las travesías más aristocráticas de la villa. Van a cambiar su carácter, ajustándola a la ubicación que tiene -es una cicatriz en el corazón del Ensanche, en el mismito centro...- y al aire residencial que gasta. Ahora toca armarse de paciencia y esperar a que acaben las obras. Veremos cuando retiren las vendas.