Riada de mugre

17.10.2021 | 00:39
Riada de mugre

De las letrinas de una clase social podrida que aspira a gobernar, sale esa canallada jurídica de presunción de veracidad otorgada a quien más fuerza tiene, no a quien es acusado en falso

LA vida pública nacional parece una riada de mugre por habérsele desbordado las letrinas y amenaza con ser parte ineludible del paisaje para siempre jamás amén, si las urnas o un sólido frente de izquierdas no lo remedia. Mugre, también conocida como jiña.

De no consolidarse con vistas a dos legislaturas un gobierno de coalición, todo lo imperfecto que queramos, la amenaza de dar no ya en una democracia imperfecta, sino en un régimen autoritario, policial, arbitrario, reaccionario y regresivo, es algo más que cierta... una dictadura de nuevo cuño, digamos. Iremos viendo.

Hay que ponerse a salvo de forma social y en solitario. Está claro que tenía razón el maestro valenciano Luis Vives (1492-1540), nuestro ignorado humanista, cuando en sus Diálogos aconsejaba algo así como apartarse y esconderse si en el camino nos cruzábamos con un uniformado que pudiera hacer con nosotros lo que le viniera en gana... matarte y robarte en su tiempo tan civilizado, tanto, que exportaron las mañas a América, ahí es nada. Algo de eso supo Luis Vives por vía familiar: padre quemado por la Inquisición, madre desenterrada para quemar sus restos. Pero ¡Basta de Historia... y de muertos! Y es una pena que lo del salir a la calle porque ya es hora, se quede siempre para otro día.

Pero lo malo es que con los muertos, con la historia grande y pequeña, con justicia torcida, la mala fe y la patraña nos tropezamos a diario, en ese día a día que debería ser el de pasearnos a cuerpo como proponía Gabriel Celaya.

De las letrinas de una clase social podrida que aspira a gobernar, sale esa canallada jurídica de presunción de veracidad otorgada a quien más fuerza tiene, no a quien es acusado en falso, obligado, entre carcajadas vinosas supongo, a probar su inocencia en balde. Lo acaba de hacer el Tribunal Supremo con el diputado canario a quien ha metido la puntilla de no suspender las accesorias a su condena, sin otro objetivo político que echarlo cuanto antes de su puesto de diputado en un Congreso donde los maleantes se apresuran a insultarle. ¿Riada de mugre? ¿Solo eso? El orden es el desorden más la fuerza, cantaba Léo Ferré, en balde.

La sacrosanta Mesa del Congreso, como quien se espanta una mosca, se desentiende del asunto de aquel inolvidable Corcuera, que parecía que iba a morder cual "perro de garaje", y de las cartas-bomba enviadas a militantes y simpatizantes de HB , diciendo que es la "cuestión de un particular". De ese modo ni Marlaska, el de las torturas, ni Corcuera, el de la patada en la puerta, van a dar explicaciones. "Muchacho, pon otra ronda", se decía en los bares de oficiales. Y todo para festejar que todo lo que de verdad moleste a quien gobierne va a ser tratado como cuestiones particulares: vaya usted al juzgado, si quiere, sinónimo de váyase usted a tomar por saco, muy útil para los crucigramas, pero poco práctico para ejercitar derechos contra la Administración. Ellos disparan con pólvora del rey, tú no.

Los de siempre atacan las leyes levemente progresistas del Gobierno en materia de vivienda (derecho constitucional) aduciendo que los que viven de alquiler, y en muchos casos se dejan el pellejo en ello, son okupas, chorizos y gamberros... llama la atención que los así tratados voten alegremente a quien les da patadas en el culo. País. Lo decía mucho Forges. Pero no solo eso, esa gentuza que aspira a gobernar un país, proclama que no todos tienen derecho a una educación gratuita porque esta no se puede "regalar" ¿Regalar un derecho? Sí, se llevaba mucho en el franquismo.

Un continuo e imparable alarde de ignorancia y violencia tabernaria que desprecia de manera chulesca a las personas que se ven obligadas a juntarse en las muchas colas del hambre que crecen en el país (pese a las prohibiciones) porque son "mantenidos subvencionados", de la misma forma que son ladrones y boicoteadores los sanitarios que se han jugado la vida en los hospitales durante lo más crudo de la pandemia. Son una amenaza cierta. En manos de esta gente corren peligro todos los avances progresistas de los últimos años, incluidos los aprobados por la derecha. ¿A la calle que ya es hora? No, mejor mañana.

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