Colaboración

¿Una buena empresa o una empresa buena? Compromisos con las nuevas generaciones

19.12.2020 | 00:46

Una prueba más de la falta de satisfacción con las reglas del sistema económico actual la constituyen los numerosos trabajos que se están escribiendo sobre cómo adaptar las relaciones de mercado globalizadas actuales a unas mayores exigencias sociales. Uno de estos autores es Branko Milanovic, quien fue economista jefe del departamento de estudios de una entidad poco sospechosa de planteamientos anticapitalistas como es el Banco Mundial. Vamos a repasar algunas ideas que recoge en un libro de 2019, El futuro del capitalismo global, buscando compararlas con nuestra realidad cercana.

Milanovic observa que ya no hay un sistema económico alternativo al capitalista. En concreto describe el sistema chino, y de forma similar el vietnamita o el coreano, como capitalismo de Estado porque sigue las mismas reglas de organización de los intercambios económicos de acuerdo con el libre mercado y en base a la búsqueda de la competencia y del beneficio. La diferencia fundamental es que en esos países el poder de las grandes empresas y su capacidad de influencia política está mucho más limitado que en los países de nuestro entorno, ya que el Estado, y el Partido Comunista, aplican su poder político actuando como un poder económico diferenciado. Un ejemplo muy actual: el Estado chino acaba de prohibir la mayor OPV de la historia, la salida a cotización de la fintech Ant Group€ porque no se fía de que no vaya a tener demasiada capacidad de influencia en el mercado financiero chino. Ant es un grupo financiero nacido del portal de pagos de Alibaba, la versión china de la todopoderosa Amazon.

Parece que es difícil imaginarnos un sistema económico global diferente del capitalismo. Lo que parece más posible, incluso imprescindible, es adaptarlo y mejorarlo.

Otra expresión, muy sugerente, de este autor es la de la "amoralidad del capitalismo hipercomercializador". Para Milanovic, se está produciendo un proceso de "externalización de la moralidad" de modo que en el actual mercado global el comportamiento de las empresas está siempre rayando las leyes y las regulaciones. No existen límites internos, sí existen límites externos.

Y no existen límites internos no porque las personas que toman las decisiones no tengan unos valores en los que creen, sino porque aplicarlos podría reducir la competitividad y los resultados financieros de la empresa ante sus rivales. Un ejemplo que recoge es el del mercado bancario. En su opinión, para sobrevivir en un mercado globalizado e hiperconectado, los grandes bancos internacionalizados, independientemente de las convicciones y los valores de sus dirigentes, deben actuar de forma descarnada, guiados por la búsqueda del beneficio directo en todas sus actuaciones, ya que en otro caso sus competidores les irían desplazando al obtener unos mejores resultados económicos. Un comportamiento no muy diferente del expresado por Milton Friedman hace 50 años en su definición de que el objetivo de la empresa capitalista es la generación de valor para los accionistas con el solo límite de cumplir las leyes. Y, como consecuencia, su rechazo visceral del concepto mismo de la Responsabilidad Social Empresarial.

Para superar esa "externalización de la moralidad" empresarial, Milanovic propone una nueva fase, la del "capitalismo de las personas" o "capitalismo igualitario", para la que propone tres elementos: reducir la concentración de la propiedad y el capital, reducir la desigualdad en los niveles de renta, y aumentar la movilidad intergeneracional en los niveles de renta. Sn duda, tres retos de primera categoría.

Desde nuestra realidad, ya hemos comentado que en 2018 los Parlamentos navarro y vasco aprobaron un "modelo de empresa inclusivo y participativo" que, dentro de los parámetros de relaciones de mercado, va en línea con estos tres avances. En síntesis, partiendo de la convicción de que poner la persona en el centro es crítico para mejorar el éxito y la competitividad de cada negocio, es posible adaptar la empresa a un modelo más eficaz, y a la vez avanzar hacia una distribución de la propiedad y de la renta más equilibrados. Y por supuesto, como consecuencia, retomar el "ascensor social" que supuso para la generación que hoy empieza a jubilarse el acceso masivo a los estudios universitarios. Ascensor social que hoy es claro que se ha detenido. Cuantas más empresas avancen en aplicar las ideas de este modelo, más posible será retomar esos avances sociales.

No podemos resignarnos a que nuestros hijos e hijas tengan unos niveles de vida menos acomodados que los nuestros. Al revés, el desarrollo y la competitividad de nuestras empresas y nuestra sociedad deben abrirles nuevas oportunidades para una vida mejor. Pero si no cambiamos las reglas de juego, apostando por cambios posibles y deseables, las tendencias actuales están yendo hacia una concentración de la propiedad, una desigualdad creciente y un futuro más incierto para las generaciones que ahora se incorporan al mercado laboral.

En palabras de Arizmendiarrieta: "Transformar la empresa para transformar la sociedad (...) Tenemos que acatar la realidad presente, si bien con todas nuestras fuerzas seguiremos empeñados en modificarla, y para eso reservamos y destinaremos todas nuestras mejores fuerzas y recursos".

* Profesor de Deusto Business School, miembro de Fundación Arizmendiarrieta

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