Colaboración

El cuento del rey

Solo queremos cuentos de los de verdad, de los desbordados de luz y principios superiores. Solo queremos cuentos con final feliz. Solo queremos reyes que sepan cuanto menos gobernar sobre sí mismos. Nos vendieron a lo largo de todas nuestras vidas un producto falso. Resulta que el rey no era Rey y además se apropiaba de lo ajeno

21.08.2020 | 00:14
El cuento del rey

eL poder instructivo de la mitología y los cuentos clásicos es algo que se está revalorizando en diferentes ámbitos educacionales de nuestros días, como por ejemplo los Colegios Waldorf o de Montessori. En medio de este legado revitalizado se encuentra la figura del Rey, de la Jerarquía no tanto heredada, como meritada. El Rey representaría la soberanía del bien común, la encarnación suprema de los valores de elevación moral, virtud, arrojo, iluminación€

Las leyendas artúricas, los cuentos de reyes y caballeros cobran su sentido en tanto en cuanto prolongan la dimensión mágica y sagrada de la existencia, nos familiarizan con principios elevados, hacen patentes máximas imprescindibles de forma amena, sin exceso de discurso y murga. Necesitamos cuentos en los que triunfen un valor, una pureza en la que reflejarnos, cuentos de bien ganado final feliz. No podemos desmemoriarnos, olvidar los cuentos de siempre en los que los reyes lo eran en primer lugar de sí mismos y su aura brillaba y la ciudadanía en ella se amparaba.

Los reyes de hoy debieran afinarse con el mito; debieran hacer por ajustarse al arquetipo y no ir por ahí a matar elefantes, ni a correrse juergas, ni a poner la mano por detrás y llenarse de millones. La Jerarquía implica una probidad exquisita, una honestidad sumamente exigente.

Los niños, los mayores merecen, merecemos reyes buenos que defienden a los últimos, que se preocupen de los que nada tienen, que lleven una vida austera y ponderada. Durante varias décadas nos han ido narrando a casi cincuenta millones de ciudadanos del Estado un cuento, ese sí en verdad ficticio, que no nos merecíamos. Tocaban el himno, ponían detrás de sí la bandera, callaban los villancicos, se paraba el mundo€, pero no era una deidad la que bajaba del Olimpo e iluminaban los potentes focos. Solo nos hablaba solemne un hombre corriente aquejado de todas las debilidades de la raza. Casi nos lo llegamos a creer. Año tras año nos ocultaron buena parte de la historia real. Ahora nadie se arrepiente, ahora nadie se acuerda de todos esos años de narrativa equivocada.

Dicen que el rey de ese cuento nos unió a una ciudadanía dividida por la guerra civil y el dictador. Ese sería el mayor argumento para justificar la escasa figura, el relato maquillado. No deseamos restar peso a esa razón, pero sí añadir que hemos de unirnos más arriba, alrededor de personalidades intachables, en torno a valores, a hombres y mujeres que aman la vida sagrada y el reino animal y no los toros torturados, monarcas que huyen del lujo cuando la necesidad aqueja al pueblo, que solo cogen del erario lo indispensable, que se desviven por el bien de los suyos€

No hay rencor en estas palabras, nada lo justificaría. Solo queremos cuentos de los de verdad, de los desbordados de luz y principios superiores. Solo queremos cuentos con final feliz. Solo queremos reyes que sepan cuanto menos gobernar sobre sí mismos. Nos vendieron a lo largo de todas nuestras vidas un producto falso. Resulta que el rey no era Rey y que además se apropiaba de lo ajeno.

Jamás auspiciaremos resentimiento, solo pedimos elevar el nivel de los reyes y mandatarios. Nos lo vamos ganando. Solo deseamos que al salir de los focos el pretendido rey reflexione, pida perdón y sea feliz. Libre de postureo y protocolo encuentre cobijo y catarsis en los brazos de la mujer que ama. Solo pedimos escribir entre todos/as una nueva historia más compartida y participada, más protagonizada por la ciudadanía. Si tiene que haber rey, si la mayoría así lo quiere, que sea impecable, de los de traje a medida, de los que calzan merecida corona y nunca, nunca asoman la mano por detrás.

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