Ante el coronavirus

26.03.2020 | 00:24

Somos frágiles, vulnerables. Y se necesita humildad ante nuestra ignorancia.Lo debemos asumir y no pretender dar explicaciones que ignoramos ni exigirlas a los demás. Si los responsables científicos o políticos no poseen todos los elementos de conocimiento, nosotros, mucho menos; y hemos de ser consecuentes y disciplinados

LA pandemia ha revolucionado toda nuestra sociedad y también nuestra vida personal. El confinamiento necesario al que estamos obligados debe ser una ocasión para que reflexionemos sobre nuestra situación presente y futura.

Sobre nuestra vulnerabilidad: tenemos tendencia a creer que los adelantos de la ciencia y tecnología resolverán de inmediato cualquier problema que se nos presente. Un diminuto virus nos prueba lo contrario. Debemos ser conscientes de nuestras limitaciones no solo en el campo de la sanidad sino en cualquier otro. La precariedad forma parte de la humanidad y no hay compañía de seguros, ni poder científico, económico o político que nos pueda asegurar nuestro futuro tal como deseamos diseñarlo. No somos inmortales, ni dioses todopoderosos.

Se precisa humildad ante nuestra ignorancia. Por muy inteligentes que seamos, no conseguimos explicar muchos de los fenómenos que nos rodean en el universo. Ni los infinitamente grandes, ni los infinitamente pequeños, ni tampoco muchos otros. Lo debemos asumir y no pretender dar explicaciones que ignoramos ni exigirlas a los demás. A menudo comprobamos que quienes reconocen su ignorancia son los que más saben del tema porque no tienen complejos.

De ahí la exigencia de acatamiento de las decisiones de las autoridades científicas, sanitarias y políticas. Ante una crisis humanitaria de esta envergadura, importantes decisiones deben ser adoptadas y muy rápidamente. La progresión del mal puede ser catastrófica. Quien debe tomar estas decisiones, en muchos casos, tampoco tiene toda la información que desearía o requeriría. Pero las debe tomar. Nosotros, los ciudadanos de a pie, debemos acatar esas decisiones, u órdenes, sin tratar de considerarnos con capacidad o derecho a desoírlas. La disciplina ciudadana es seguramente la principal arma en esta lucha ante la crisis. Porque si los responsables científicos o políticos no poseen todos los elementos de conocimiento; nosotros, mucho menos; y hemos de ser consecuentes y disciplinados. Incluso cuando las consignas nos parezcan contradictorias en el tiempo o la geografía. Sus razones tendrán quienes las dictan y hemos de aceptar que tienen derecho a confundirse y rectificar. No estemos en actitud de crítica gratuita, sino de colaboración y cooperación con nuestras autoridades.

Así, la solidaridad será ordenada. Como siempre, los más débiles son quienes más sufren toda crisis y en esta del coronavirus también: los ancianos, los enfermos crónicos, los más necesitados... Porque al terrible problema de la salud se añade el de la degradación económica tanto a nivel general como individual. Existen y existirán dramas alrededor de nosotros que los servicios de las administraciones y organizaciones no alcanzan. Individualmente, podemos contribuir, pero siempre de acuerdo con las consignas dictadas por las autoridades. Seamos conscientes de que nuestra mayor solidaridad se sitúa en el seguimiento de todas estas consignas.

La construcción de nuestro futuro La crisis probablemente durará muchas semanas o meses, dejándonos una situación económica y social muy degradada. Aunque las actuaciones de hoy han de dirigirse prioritariamente hacia el aspecto sanitario y las personas afectadas por la pandemia, también se deberá reflexionar sobre el futuro de nuestras empresas, de los autónomos y los asalariados. Será el momento de exigir el respeto de un binomio aparentemente contradictorio: el futuro de la empresa tocada y la retribución justa de los asalariados que han sufrido en primera persona las consecuencias económicas de la pandemia. Actuando todos con justicia, visión de futuro, realismo y solidaridad.

Es ocasión propicia para asumir con sinceridad nuestra realidad. El obligado confinamiento al que debemos someternos es ocasión para recuperar aquello que el ajetreo de lo cotidiano nos había hecho olvidar o relegar. Además, sin obsesionarnos ni ser insensatos. Que predomine el sentido común, aportando lo que está en nuestras manos y confiando en los buenos profesionales. Y, cuando todo termine, no volver a como si nada hubiera pasado, sino asumir el compromiso de organizar la propia vida y la social enfocándolas a que no se pierda nadie ni nada de lo bueno que en estos días se está expresando. Es momento de sacar lo mejor –por más humano– que tenemos, con voluntad de ayudar a quien nos necesita y de agradecer a todas las personas (desde los sanitarios al orden público) que están dando lo mejor de sí mismos, a veces más allá de su obligación.

Y deberemos hacer todo eso sin olvidarnos del resto del mundo. Preocupados por nuestra grave situación, nos desinteresamos por completo de lo que pueda ocurrir en países mucho más desfavorecidos. Por el momento, el coronavirus no ha llegado hasta África. Pronto llegará y se propagará de manera más o menos similar. Pero tendrá consecuencias devastadoras a causa de la precariedad de la sanidad en aquel continente. Esperemos que para entonces nuestra situación sanitaria haya mejorado. ¿Sabremos ser todo lo solidarios que se merecen? ¿Seguiremos proclamando que lo prioritario es salvar vidas y que el momento de ocuparnos de la economía (la nuestra) llegará después?

Vivimos circunstancias excepcionales y difíciles. Confiemos en nuestras autoridades sanitarias, económicas, sociales y políticas. Apoyémoslas. Sin olvidar que "No hay mal que por bien no venga". También en esta ocasión. * Etiker lo forman Patxi Meabe, Pako Etxebeste, Arturo García, Joxe Mari Muñoa

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