OPINIÓN

‘God save the Queen’

17.12.2019 | 20:40

Cuando no hay futuro

¿Cómo puede haber pecado?

Somos las flores en el cubo de la basura

Somos el veneno de tu maquinaria humana Somos el futuro, tu futuro?

(Sex Pistols, 1977)

eRA una de las letanías que se oían en el convulso Reino Unido de finales de los 70. Ni George Orwell, en su cénit imaginativo, pudo anticipar el futuro tal y como lo hizo Johnny Rotten cuando, abrazado al micrófono, vociferaba con rictus psicopático la que se nos venía encima.

Toda tragedia tiene un preludio. La nuestra comenzó en aquella turbulenta década en la que un timorato Partido Laborista, con James Callaghan al frente, entregaba las llaves del gobierno británico a Maggie Thatcher, una provinciana con menos escrúpulos que Sid Vicious el día de su Primera Comunión. Y esta, con la bendición de un mediocre actor de películas B llamado Ronald Reagan, engendró esa criatura denominada neoliberalismo, capaz de despojar a la política de su capacidad de control sobre la economía, para mal de muchos y beneficio de unos pocos. Conozco aquella atmósfera, me tocó de cerca. Llegué a Londres en invierno del 79 con idea de pasar unas semanas, que las circunstancias convirtieron en años. Es cierto que los Sex Pistols se acaban de disolver. Pero la crisis aún estaba allí. Ni qué decir tiene que desconocía por completo los resortes de la política británica y de sus conflictos sociales. Entonces yo no era más que un veinteañero aburrido de la Transición en busca de un cambio de aires, mientras Pamplona, inmersa en una digestión lenta y complicada, pasaba del negro sotana al gris plomo.

Londres, por el contrario, era un camaleón cosmopolita que mudaba de piel cada minuto. En mi ajetreo diario entre la academia de inglés, el curro que tenía de washing up y mi domicilio en el distrito de Maida Vale, un flat compartido con otros squatters en un bloque de viviendas municipales, observaba que todo iba cambiando vertiginosamente a mi alrededor. Las revueltas callejeras eran cada vez más frecuentes, el paro escalaba puestos en el ranking de la desesperanza y la violencia en las calles se mascaba en cada esquina, con estaciones de metro cerradas por los disturbios y enfrentamientos entre skins, punks, pakis, rastas y policías, con los que tropezabas en cuanto salías de los límites de la Circle Line.

Escuché en algún sitio que el pan y la gasolina habían duplicado su precio en una década, que las sobredosis y la delincuencia juvenil se abatían por los barrios periféricos como un virus letal, que en Brixton los edificios ardían como teas y que los Job Centers, esas agencias de colocación que proliferaban como champiñones en estiércol, endosaban empleos precarios a una juventud multirracial, y también a chavales de tez rosada y gesto ceñudo. Y cuando salías de allí, topabas con un tráfico espeso, donde docenas de repartidores de comida rápida se jugaban el tipo en una moto, o mensajeros en bici ataviados con mascarilla y quizá con alguna licenciatura en su currículum, sin otro modo de pagarse el alquiler que pedalear durante todo el día. Hasta la música que sonaba en las ondas arañaba como el tacto áspero del resentimiento. Damned, The Clash, Cock Sparrer, Sex Pistols, Buzzcocks? escupían canciones vitriólicas mientras, sin saberlo, iban componiendo la partitura de esa época.

Margaret Thatcher había llegado al 10 de Downing Street en mayo de 1979, ante un panorama socavado por la crisis económica y el terrorismo del IRA. Admito que mi percepción de aquellos hechos era la de un observador amateur en mitad de un encrespado laberinto. De modo que, mientras fregaba platos en el centro, me encontraba con gente corriente que nunca saldría a flote, con una generación de chavales sin futuro extraviados en el asfalto de la ciudad. La BBC y la prensa decían que era culpa de la crisis y hablaban de un imperio en declive, a medida que las últimas colonias se independizaban de la vieja metrópoli. No hacía falta ser una lumbrera para intuir que la reputación del Reino Unido se diluía como un azucarillo en una taza de té y que el país, con Europa detrás, veía apagarse los últimos rescoldos del estado del bienestar, paradigma de ese lugar amable, confiado y próspero que alguna vez creímos tener.

Han transcurrido cuarenta años de todo aquello. Pero, poniendo esos apolillados recuerdos en perspectiva, es difícil no inquietarse ante las bravatas de Boris Johnson, ese fellow cultivado en Eton, de cháchara vehemente y cabellera amotinada, cuando desde la bancada de Westminster se despacha con su último antojo sobre el Brexit, esa disparatada pifia con la que sus acólitos tories y algunos laboristas despistados creen devolver a Inglaterra el esplendor colonial de antaño, inhibiéndose ante la realidad más acuciante. Tras solicitar otra prórroga, lo siguiente ha sido convocar elecciones generales para mañana, 10-D, las primeras que emprende un mandatario con la misión de ser un poco más pobres, según declara Denis MacShane, ministro del Reino Unido para la UE entre 2002 y 2005. Baste decir que el único respaldo que Johnson consiguió cosechar fue el del inquilino de la Casa Blanca. Todo un síntoma para los tiempos que corren.

Quiero pensar que ha sido fruto del azar, pero días atrás se me ocurrió la imprudencia de bajarme la miniserie británica Years and years, una bofetada distópica no apta para cardíacos. La historia despega en 2019 y se prolonga durante los siguientes quince años de una familia de clase media en Mánchester. Al comienzo, la serie pasa por ser una de esas ficciones británicas que oscilan entre la comedia doméstica y el melodrama de sobremesa, hasta que todo se va precipitando por una tenebrosa pendiente con una pasmosa normalidad. No pretendo hacer un spoiler, pero ahí están todos los ingredientes que atenazan a nuestras respetables sociedades: el populismo más ramplón y vocinglero, las crisis migratorias, el enfrentamiento entre EE.UU. y China, entre Rusia y Ucrania, el colapso de la penúltima debacle financiera, el cambio climático, la amenaza nuclear o el culto a los gifs tecnológicos como el nuevo Mesías al que rendir pleitesía. Y todo llega y pasa con la naturalidad de los días de la semana. Eso sí, tan solo añadir que se trata de una serie de ficción... O eso creo.

* Escritor

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