El ‘experimento Zelensky’

La llegada a la presidencia de Ucrania del cómico Volodymyr Zelensky es otra prueba de lo manipulables que pueden ser las democracias ante los grandes intereses; especialmente si son recientes y especialmente en tiempos de crisis

09.02.2020 | 02:22

EL pasado 31 de marzo se desarrollaba en Ucrania la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y, como la mayoría de las encuestas predecía, el cómico Volodymyr Zelensky arrasó. Con más del 70% de los votos, derrotó a Petro Poroshenko, el hombre que había ostentado la presidencia del país en los últimos cinco años, desde las primeras elecciones post-Maidán. Sin embargo, lo más interesante de estas elecciones no fue la aplastante derrota del actual presidente (todas las encuestas indicaban que ocurriría), sino la figura del candidato vencedor, Zelensky, un cómico que desde hace unos años protagoniza una serie en la que interpreta al presidente de Ucrania. Ha sido electo, pero esta vez, en la vida real.

La situación del país no ha mejorado mucho en estos últimos cinco años. La guerra en el este del país ha dominado la agenda política, con múltiples conferencias internacionales que, sin embargo, no han producido ningún plan de paz y que hacen que a cada día que pasa más se estanque este conflicto y se convierta en otro frozen conflict de la esfera post-soviética, como las guerras en Transnistria o Abjasia.

Aun así, el mayor lastre de Ucrania no es ni la división del país, ni la pobre situación económica (en un país industrializado, con infraestructuras, y potencial de crecimiento); el mayor problema de Ucrania es la corrupción. Desde la independencia, toda la política ha estado dominada por una clase oligárquica que se enriqueció con las privatizaciones post-soviéticas y que desde entonces pugna por la hegemonía en el país. Todos los presidentes han sido bien oligarcas bien utilizados por oligarcas para mover al país en la dirección que a ésta elite más le convenía. La corrupción lo acapara todo, desde la presidencia de la nación a los niveles locales, pasando por toda la administración y burocracia, que estanca al país, pues apenas nadie mira por el bien general. El hartazgo con este régimen quizás sea lo único que pueda unir a la población del país. Y esto explica el espectacular resultado de Volodymyr Zelensky, el nuevo presidente-electo.

Todo empezó en 2016, cuando se estrenó la serie de televisión Sluga Narodu (Servidor del Pueblo), en la que Zelensky encarnaba a un profesor de historia que tras ser grabado mientras se quejaba de la clase política y volverse el vídeo viral era inesperadamente electo presidente con un mensaje de renovación y anti-corrupción. La serie fue un éxito inmediato, quizás porque los ucranianos veían en Zelensky al presidente ideal: integro, con ética, que se preocupaba por el bien común, etc. La sorpresa llegó a principios de 2019, cuando tras tres temporadas y convertido en toda una estrella, el propio Zelensky decidió presentarse a la elección presidencial, esta vez en la vida real. Sin ningún tipo de experiencia política, salvo la de la interpretación, empezó a subir en las encuestas. A su favor jugaba el contraste con el resto de candidatos: Petro Poroshenko, oligarca y actual impopular presidente que no había concretizado ningún cambio tras la revolución; y Yulia Timoshenko, otra oligarca y también considerada parte de la clase política corrupta. Verdaderamente, Zelensky parecía como el primer candidato outsider con verdaderas opciones de ganar. Y efectivamente así ha sido.

Sin embargo, esa no es toda la verdad. Si bien Zelensky ciertamente no pertenecía a la clase política, diversas fuentes indican a día de hoy que su serie, y aún más importante, su campaña, fueron financiadas por el oligarca Ihor Kolomoyski, una de las personas más ricas de Ucrania y que actualmente vive en Israel, pues está siendo investigado por la justicia ucraniana. Por tanto, se puede decir que Zelensky no es "otro oligarca más", pero todo parece indicar que esta élite sigue sin despegarse del poder.

Una historia digna de Maquiavelo, en la que un oligarca con serios problemas judiciales financia la serie y la campaña de un actor que, a través de la ficción, fabrica un personaje admirable, pero que fuera de la televisión nunca queda claro hasta qué punto el nuevo presidente será el personaje o el actor.

En esta época en la que los populismos están poniendo en apuros algunas democracias y en la que los medios de comunicación (ya sean tradicionales, o redes sociales) cada vez ejercen una mayor influencia, e incluso manipulación, en los procesos democráticos, el experimento Zelensky no es más que otra prueba que señala cómo de manipulables pueden ser las democracias ante los grandes intereses; especialmente en países como Ucrania, una joven democracia que, inmersa en una seria crisis económica y de identidad, no sabe, o no quiere, distinguir entre realidad y ficción.

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