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Comparecencia sin sorpresas ni soluciones

Mariano Rajoy acudió ante los grupos del Congresos con un discurso blindado que proyectó a otros la responsabilidad del daño a la imagen del Estado y eludía su papel de presidente del PP y del Gobierno a la hora de restaurar la confianza

NO hubo sorpresas en la comparecencia de Mariano Rajoy y quizá esa mismo sea la peor noticia de todas. El presidente del Gobierno acudió ante los grupos parlamentarios con un discurso acorazado en el que empezó por mostrarse agresivo con la oposición por el mero hecho de que pretendiera ejercer su función de control sobre su persona. Para ello, proyectó sobre los grupos, y especialmente sobre el socialista, la responsabilidad del deterioro de la imagen del Estado en los foros internacionales y en las instituciones y mercados económicos. El mero hecho de pretender convertir el debate en un pulso con Alfredo Pérez Rubalcaba en el que Rajoy pretendió erigirse por encima de la campacidad de influencia de este -el presidente español insistía en que no acudía a dar explicaciones por la amenaza de censura- constituye un enfoque inapropiado ante tantas dudas suscitadas sobre su partido y la limpieza de los procesos de financiación de la estructura y de las personas que componen su máxima dirección. Rajoy acudió a encarar a sus señorías pertrechado de algunos datos económicos en los que justificar su permanencia al frente del Gobierno y tras ellos acuñó un discurso en el que faltaron las decisiones y las consecuencias de unas actitudes que él presentó como personales -"me equivoqué en pensar que era inocente quien no lo era", en referencia al finalmente mencionado tesorero del PP, Luis Bárcenas- pero cuya naturaleza y consecuencias políticas están fuera de toda duda a estas alturas. No hubo en el discurso de Rajoy argumentos que le hagan hoy acreedor de un mayor grado de confianza de los ciudadanos porque esta se encuentra ahora al albur de un proceso de instrucción judicial al que están llamados los secretarios generales del Partido Popular. El error admitido por Rajoy requiere la asunción de consecuencias y no la proyección de responsabilidades a terceros. Entre tanto, está por ver la capacidad de incidencia del PSOE en el devenir del país que aspira a gobernar. Hoy por hoy, no está tampoco en disposición de concitar en torno suyo -desde luego no en torno a Rubalcaba- el mínimo liderazgo de un proyecto alternativo que no tiene siquiera hilvanado para un Estado que hace aguas en lo político y en lo económico.