Del Mare Nostrum a la Terra Nostra
SI el Imperio Romano se enorgullecía en su día por su control sobre toda la cuenca mediterránea, que calificaba de “Mare Nostrum”, hoy en día el presidente Trump parece dispuesto a ampliar el imperio americano más allá de sus territorios actuales y extenderlo a cuantos bordean el Océano Atlántico, desde el Polo Norte al Sur, incluido el vasto territorio de Groenlandia que, al menos de momento, forma parte todavía del estado danés.
En este caso, la gigantesca isla al este de Canadá que Trump ambiciona es posesión de un estado amigo y aliado de la OTAN como Dinamarca, que tiene ya acuerdos con Estados Unidos desde hace casi un siglo para que Washington puede utilizar Groenlandia como base militar e incluso para explotar sus recursos.
EE.UU. no mostró en el pasado gran interés por este territorio, pues redujo el número de bases e instalaciones en la isla de 50, durante la Guerra Fría, a tan solo una.
No es que la ampliación del territorio de Estados Unidos sea algo nuevo, pues mediante compras, tratados y ocupaciones el país se ha ido agrandando a lo largo de sus dos siglos y medio de existencia
Así, por ejemplo, Alaska fue una compra pactada con Rusia, o Luisiana se la vendió, Francia, mientras que otras adquisiciones fueron resultado de guerras como las Filipinas o Cuba, o los territorios del oeste de Estados Unidos, cedidos en su día por España o México.
Ahora, al cumplir el primer año de su segundo mandato presidencial, Trump parece dispuesto a emular a sus predecesore. Aunque su deseo de absorber Groenlandia parece más sorprendente que otras anexiones anteriores, ya indico el año pasado que sería conveniente anexionar Canadá.
Groenlandia no formó parte de la campaña electoral de Trump y no sorprende tan solo a los aliados europeos de la OTAN, sino también a millones de ciudadanos de Estados Unidos, si bien encuentra también apoyo entre sus seguidores.
Muchos se preguntan si Trump realmente tiene tanto interés como asegura por convertir el territorio danés en un estado norteamericano y algunos sospechan que el presidente trata de distraer la atención de otros tópicos que le resultan menos favorables.
Un ejemplo son las expulsiones de residentes ilegales en Estados Unidos, algo que fue una promesa electoral y tuvo un gran apoyo popular, pero ha perdido atractivo ante el hecho de que los expulsados no son tan solo los delincuentes a quien nadie quiere en el país, sino millones de personas integradas de manera productiva a la sociedad norteamericana, que sigue tan necesitada de mano de obra hoy como ha sido tradicional a lo largo de su historia.
Aunque Trump se declara convencido de tener el firme apoyo de quienes le votaron en 2024, lo cierto es que las encuestas revelan un cierto desencanto por la situación económica, tanto por los índices de inflación que, si bien son moderados, apenas han mejorado en su año de mandato al pasar del 2,9% al 2,7% como el estancamiento en el mercado laboral, pues el desempleo incluso muestra una ligera subida del 4 al 4,4% en el último año.
Tan solo tiene el apoyo firme del 29% del electorado, frente a un rechazo del 40%, uno de los peores índices de tiempos recientes en este momento de la presidencia.
Por otra parte, la cuestión de Groenlandia coincide con otros problemas internacionales agudos e inmediatos, desde la intervención en Venezuela a la crisis de Irán, donde Trump parece buscar elementos para justificar la falta de una acción militar norteamericana que sus asesores del Pentágono consideran excesivamente arriesgada.
Más importante parece la campaña para las elecciones parciales del próximo noviembre. Trump no es candidato, pero se juega el apoyo parlamentario de su partido republicano. Si sus rivales demócratas recuperan las mayorías parlamentarias, no solo condenarían a Trump a la parálisis política, sino que reanudarían la serie de pleitos y denuncias que le atormentaron en su anterior mandato.
