Postales de Euskaltel-Euskadi desde la Vuelta

Roberto Laiseka abrió en Abantos en 1999 el álbum de instantáneas del Euskaltel-Euskadi, que sueña con una victoria de etapa en su regreso

11.08.2021 | 08:00
Roberto Laiseka se impone en Abantos en 1999, primera victoria en la Vuelta para el Euskaltel-Euskadi.

En el baúl de la memoria del Euskaltel-Euskadi se acumula el álbum de fotos naranja que decoró la aventura del equipo ciclista vasco a través de las arterias de la Vuelta a España entre 1994 y 2013. Después de ocho años sin imágenes que coleccionar, sin momentos que grabar en la piel y contar, el recuerdo transita entre Roberto Laiseka, embrión del descorche del Euskaltel-Euskadi en la Vuelta, e Igor Antón, el muchacho que en la Gran Vía de Bilbao cerró el arco del triunfo en 2011 con la decimocuarta victoria de etapa del equipo. Dos campañas después, en Madrid, aquella huella profunda que enfatizó durante dos décadas el ciclismo vasco a través de la marea naranja se quedó sin territorio Vuelta. En Burgos, el Euskaltel-Euskadi seguirá el rastro de los días de gloria con el sueño de ganar una etapa y colgar un trofeo más en el estante. El rito iniciático, la liturgia con la victoria, prendió con Roberto Laiseka, el hombre que siempre vistió de naranja, el hilo conductor del Euskaltel-Euskadi aún cuando la formación no respondía al color corporativo de la compañía de telefonía y se denominaba Euskadi a secas.

El vizcaino, que alzó los brazos en tres ocasiones, encendió la primera luz en la Vuelta. Todavía reverbera el bautismo de la formación vasca. Roberto Laiseka elevó al altar del triunfo al Euskaltel-Euskadi con un maillot blanco y azul. Lo logró en Abantos en 1999. Fue el descorche de champán que acompañó a la escuadra naranja en su periplo por la carrera. Laiseka volvió a saborear la gloria en el 2000, en Arcalís. El vizcaino, un ciclista a contracorriente, venció cuesta arriba. Sus triunfos en la Vuelta otorgaron otra dimensión al bloque vasco. "Si un equipo profesional no corre una vuelta grande, se queda cojo. La gente está pendiente, es el mejor escaparate posible", recordaba Laiseka, una de las vigas maestras de aquel equipo. "Estar en carreras así es un gran paso para el futuro de los chavales. Aprendes a ser ciclista de verdad, ves tus límites. El primer año que corrí la Vuelta las pasé negras porque iba al límite. Una carrera de tres semanas no tiene nada que ver con las carreras de cinco días", resumió el vizcaino.

Suma y sigue


Una vez abierta la vitrina, con la marea naranja convertida en institución, Unai Etxebarria tomó el relevo de Laiseka con un triunfo de etapa en 2003 en Burgos, donde el sábado partirá la Vuelta de la presente edición. El Euskaltel-Euskadi, que nunca fue un equipo rematador, sumó dos dianas más un par de cursos después. Samuel Sánchez, en la cima de La Bien Aparecida, y Laiseka, en la cumbre de Cerler, se impusieron en 2005. El asturiano, que totalizó cinco triunfos parciales en la carrera española, repitió sonrisa en Cuenca en 2006. Al contador de victorias se sumó el galdakoztarra Igor Antón, que izó su bandera en el observatorio astronómico de Calar Alto. Un lugar que mira al cielo. Antón contó cuatro victorias de etapa en su tránsito por la ronda.

Samuel Sánchez celebra su segundo puesto final en la Vuelta de 2009.

El protagonismo en la Vuelta de 2007 recayó casi en exclusiva sobre Samuel Sánchez, que enlazó tres victorias. El asturiano inició su recolecta en Granada, continuó la cosecha en el alto de Abantos, allá donde se destapó el equipo vasco con Laiseka, y remató su portentosa exhibición en la contrarreloj individual de Villalba. Fue una actuación mágica la del asturiano. Aquel año, el Euskaltel-Euskadi pisó el podio por vez primera en la cita con la tercera plaza de su líder en el recuento final en Madrid. Samuel Sánchez, mascarón de proa de la naranja en la Vuelta, mejoró plaza en 2009, cuando fue segundo en el cajón definitivo tras Alejandro Valverde.

Igor Antón sube por El Vivero antes de ganar en la Gran Vía de Bilbao en 2011.

Esa fotografía pudo ser más impactante un curso después, un óleo triunfal, pero el cuadro de la coronación quedó inacabado. Igor Antón, líder sólido de la carrera, optaba a la gloria. Con dos triunfos de etapa (Valdepeñas de Jaén y en Andorra) en las alforjas, una caída le arrancó de cuajo de la Vuelta que gobernaba camino de Peña Cabarga. Una rama hizo crujir la esperanza de Antón, que se astilló. La mala ventura le mordió con saña. Dentelladas de dolor. Tuvo que abandonar. Con él se apagó la luz que alumbraba el camino hacia el cielo. Mikel Nieve honró al líder caído con una victoria, la tercera del Euskaltel-Euskadi en esa edición, en el Alto de Cotobello. El galdakoztarra cerró el balance de victorias de la formación naranja con un triunfo lisérgico en la Gran Vía de Bilbao en septiembre de 2011. Antón voló en El Vivero, una de los puertos de su infancia, y aterrizó en la capital vizcaina, que celebró la hazaña de su vecino, el hombre que pudo reinar un año antes. Antón cicatrizó las heridas con la costura de la felicidad. Dos años más tarde, el Euskaltel-Euskadi caminó hacia el ocaso en Madrid. Cerró su aventura en la Vuelta. Ocho años después de aquel cierre, amanece en Burgos con la idea de seguir enviando postales naranjas desde la Vuelta.

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