Martín Torres, médico de Urgencias: “No es sano llevarte las cargas del trabajo a casa, pero ocurre”
Inspirado por las vivencias reales que ha experimentado en las urgencias del Hospital Universitario de Donostia, ha decidido dar forma a 'La enfermera'
De la adrenalina de urgencias a las librerías, el doctor residente en el Hospital Universitario de Donostia, Martín Torres, da el salto al thriller con La enfermera. Inspirada en vivencias reales en el hospital y ambientada en plena dualidad entre la crudeza y el glamour del Zinemaldia, la novela refleja cuestiones como el desgaste sanitario y el lado más sombrío de una ciudad de postal. De esta forma, el ahora escritor nos demuestra cómo “la realidad supera con creces a la ficción”.
En La enfermera refleja que “la realidad supera con creces a la ficción”. ¿Qué casos le inspiraron a trasladar la sala de urgencias al thriller?
-Hay muchas experiencias reales en este libro. Ya has leído el aviso del principio, donde se dice que los casos clínicos, los procedimientos e incluso los detalles más macabros de los asesinatos son reales. Respecto a los que más te marcan, uno no puede elegir. Los casos más impactantes o más escabrosos son muy visuales, pero no solo está la mirada del médico, sino también la del escritor que, cuando algo le llama la atención, se lo guarda. La idea era hacer un thriller, una trama de misterio, pero mientras iba ambientando a los personajes en el hospital, iban surgiendo las anécdotas médicas que le daban mucho valor. Tampoco le di muchas vueltas a cuáles escoger, iban saliendo las que más recordaba.
¿Y cómo se gestiona esa delgada línea entre la inspiración en hechos reales y el respeto a la privacidad y el dolor de los pacientes?
-Ese era uno de los grandes retos de esta novela, porque una anécdota en sí misma puede ser muy impactante o muy graciosa. Pero hay que tratarla con mucho respeto, novelándola para que nadie se sienta identificado, se reconozca, o pueda pensar que no tratas con respeto a los pacientes. El thriller está hecho para entretener, pero en mi otro trabajo -el de médico- mi servicio es el bienestar de los pacientes. Entonces, hay que tratarlo con mucho cuidado.
Ambos protagonistas son personajes heridos, con secretos. ¿Ellos representan ese desgaste emocional que sufren los trabajadores de un hospital?
-Sí, son personajes con un pasado traumático que vamos conociendo poco a poco. Como tú has dicho, marcan muy bien ese desgaste psicológico que tiene la gente que trabaja en el hospital, sobre todo en urgencias. Hay estudios que dicen que ese síndrome del burnout -de estar quemado en el trabajo- en urgencias es más bien síndrome de estrés postraumático. Hay una prevalencia que puede llegar hasta el 20% de los trabajadores. En determinadas ocasiones, como fue la pandemia, más todavía. No es algo peliculero, pero sí que te marca. Hay estudios de que tanto a nivel de esperanza de vida, enfermedades, arritmias..., por algún lado sale.
De hecho, describe a las urgencias como “un campo de batalla”...
-Sí, porque es un ambiente por definición hostil y duro. Básicamente porque el que entra ahí, igual que en otras situaciones médicas, lo hace con miedo, inseguridad, dolor... En urgencias, además, se da la inmediatez, que requiere que resuelvas un problema que puede afectar a la supervivencia del paciente en horas e incluso en minutos. Y eso, mantenido durante 12 o 24 horas, son picos de estrés constante que afectan mucho a los trabajadores.
Como médico está acostumbrado a tomar decisiones vitales en segundos, como escritor de thriller debe dosificar la información para crear suspense... ¿Cómo ha sido esa pelea consigo mismo?
-La ventaja es que cuando escribes eres tú el que decide lo que va a pasar. Pero también era un reto el estar acostumbrado en urgencias a la inmediatez y rapidez, y tratar de mantener la intensidad y el misterio durante todas estas páginas. Creo que ahí me ha servido mucho que los capítulos sean cortitos, tanto para el ritmo de lectura como de escritura.
Convierte a Donostia en un telón de fondo noir durante su famoso Zinemaldia. ¿Qué le permite explorar esa dualidad entre oscuridad y glamour?
-Donostia es una ciudad muy bonita -muy luminosa-, pero que tiene un clima que a veces la hace oscura. El Zinemaldia es un festival de cine internacional -es glamour-, pero el mundo del crimen que lo va a rodear en esta novela es sordidez: algo oscuro. Lo mismo pasa entre lo rural y lo urbano; se ve la ciudad y la Gipuzkoa más profunda, entre lo moderno y el folclore; porque trata a la mitología y leyendas vascas que son muy oscuras, pero que a la vez mezclan lo cotidiano con lo terrorífico sin necesidad de grandes artificios...
Tras haber visto su lado más oscuro trabajando en el Hospital Universitario de Donostia, ¿es capaz de ver a la ciudad como el resto de sus habitantes?
-Es una conversación recurrente en los pocos entornos que me quedan no médicos, porque hasta la familia es un entorno sanitario. Uno no piensa en las cosas malas de los lugares bonitos. Sin embargo, por desgracia, en nuestro trabajo atendemos lo malo de todas las cosas. Tú vas a pasear y dices: “Qué bonito es el paseo”, y yo pienso: “Ahí, en el Pico del loro -que es un lugar de postal- ayer se cayeron dos personas, o en el otro lado se ahogó uno...”. Vas viendo el lado oscuro de todo, no se si eso también ha podido influir en la novela.
¿Le ocurre lo mismo con el miedo? ¿Hay preocupaciones que ya no le asustan como al resto tras llevar una bata de hospital?
-Al final, tampoco le das vueltas a las cosas, intentas que no te afecte. No es sano llevarte las preocupaciones, las cargas del trabajo a casa, pero ocurre. Eso hace que veas el lado negativo de cosas muy simples. Te vas con tu familia de viaje agradable y estás pensando en que ayer atendiste a una familia como la tuya que se dio un golpe, ¿no? Esas cosas son inevitables, por más que te abstraigas, estés disfrutando del momento, o lo intentes..., no puedes llegar a descargarlas del todo.
En un contexto actual de diversas huelgas médicas, en la novela trata la corrupción, la salud mental... ¿Es la ficción una herramienta poderosa para denunciar o señalar las grietas del sistema?
-Más que para denunciarlas, para desahogarme. Yo no pretendo otra cosa que entretener. Lo bueno de las novelas es que, ahora mismo, ya no están en mi control..., cada uno va a sacar sus conclusiones y sus lecturas. Pero lo único que pretendo es entretener. Sí que es verdad que, con una ambientación hospitalaria, las inquietudes de los personajes pueden decir mucho del sistema hospitalario.
Habrá turnos en los que ha tenido que dar una noticia terrible a una familia. ¿Siente que con la literatura intenta arreglar esos finales imposibles en la vida real?
-No, no es así. En el libro lo tratas todo con más ligereza. A la hora de novelar casos que han sido muy trágicos, parece que pierden un poco la carga emocional -para mí-. Pero luego, cuando los he vuelto a leer, me han emocionado cono lector, y he visto que recuperaban ese peso a la hora de escribirlos. Lo importante es el crimen y el misterio que se resuelve, pero como está ocurriendo mientras los personajes trabajan, hay una serie de casos que creo que van a emocionar bastante. Luego, en tu casa, sí que le das vueltas. No solo a los que casos en los que crees que podrías haber hecho algo mejor, sino en aquellos que te han llevado al límite, y no eliges nunca con cuál empatizar. Hay uno que, por lo que sea, se te clava.
De cara a los próximos proyectos, ¿tiene alguna idea en mente?
-Estoy muy contento, cuando La enfermera llevaba seis días tras su publicación, la editorial anunció que va a haber segunda edición. Esas son unas noticias excelentes. Estoy recibiendo muchas muestras de cariño, gracias a la atención de la prensa, el cariño de las librerías y la pasión de los lectores, porque estoy recibiendo un montón de mensajes. Gracias a todo esto, Sophie Boussignac y Víctor Viso tienen muchas aventuras que vivir y estoy deseando escribirlas. Algo hay por ahí (risas).
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