A través del espejo

Ikigai: una economía de la persona

25.10.2020 | 01:22
Ikigai: una economía de la persona

El Ikigai es una brújula que ayuda a la hora de orientar esfuerzos a un propósito que dé sentido a la existencia

LA economía no deja de ser una ciencia social orientada a estudiar las mejores formas de administrar los recursos para satisfacer las necesidades de las personas. Los recursos son por naturaleza escasos (tiempo, capacidad, dinero, bienes, atención...) y, tal y como nos enseña el concepto de coste de oportunidad, asignarlos a un uso concreto descarta su uso para otro fin.

En términos generales, diría que en lo referente a entender las necesidades de las personas, gran parte de la teoría económica convencional ha tenido un enfoque fundamentalmente material y transaccional. El denominado Homo oeconomicus se ha definido como un ser que inevitablemente hace aquello con lo cual puede obtener la mayor cantidad de cosas necesarias, comodidades y lujos, con la menor cantidad de trabajo y abnegación física con las que éstos bienes se pueden obtener". Según esta lógica, el altruismo y la benevolencia no son más que una racionalidad o postureo interesado dirigido a un fin último que no es otro que la máxima acumulación de bienes. Afortunadamente, hace tiempo notables como John Stuart Mill señalaban la imbecilidad moral de esta concepción al afirmar que "Confundir el dinero, los bienes, el poder o la fama con la felicidad equivale a tomar la parte por el todo".

Bien, ¿y qué es eso del Ikigai? Pues es una palabra japonesa que significa razón de ser, razón de vivir y propósito vital. Aquello que te impulsa a levantarte cada mañana. En 2016 Héctor García y Francesc Miralles publican un muy recomendable libro que describe una investigación realizada en un conjunto de islas de Japón (Okinawa), que concentra el mayor índice de personas centenarias del planeta, y que ha resultado en un éxito en medio centenar de países. Y ¿qué conclusiones extraen del estudio?

Conscientes de la multitud de factores que pueden incidir en un hecho tan complejo como la esperanza de vida como son el clima, las relaciones sociales, la alimentación, la genética o hábitos de vida entre muchos otros, los autores revelan algunos secretos y las incógnitas de estos habitantes que viven bajo principios austeros y sencillos.

Entre ellos, destacan la influencia determinante de su filosofía vital para llevar una vida más larga y plena.

Dicho esto, el Ikigai es una brújula vital que ayuda a la hora de orientar esfuerzos y recursos a un propósito vital que dé sentido a nuestra existencia. Según este enfoque, el Ikigai de cada persona estaría en el centro de cuatro variables. 1. Aquello en lo que eres bueno/a o tienes cierto talento natural 2. Aquello que verdaderamente te apasiona, 3. Aquello que el mundo/tu comunidad necesita y 4. Aquello por lo que puedes ser retribuido/a.

Hay personas apasionadas que no logran orientar su pasión en una práctica sistemática, real y comprometida y terminan por no concretarse. Otras se centran en carreras profesionales en las que obtienen dinero y/o estatus, pero que no les satisface. Otras trabajan en lo que les gusta y en lo que son competentes, pero sienten que su actividad no tiene ninguna trascendencia para con otras personas€

Si el fin último de la economía es la satisfacción de las necesidades, y si cubiertas las necesidades básicas el fin esencial es la felicidad, no estamos siendo muy eficientes si un número significativo de personas se sienten vacías con su existencia. Ojo, el Ikigai no tiene porqué ser el trabajo de tu vida, es compatible tener un trabajo para comer con una pasión para vivir. Sin embargo, si es un norte de ayuda para la toma de decisiones.

A partir de tener cubiertas las necesidades elementales básicas, y volviendo a términos económicos, orientar esfuerzos en relación al Ikigai puede resultar en un enfoque de sumo interés para hacer frente a la escasez de recursos y al costo de oportunidad asociado a los esfuerzos de las personas. Curiosamente, es una tesis muy en línea con la de Victor Frankl (aquel psiquiatra judío que sobrevivió a los campos de concentración nazi y creador de la logoterapia), cuyo libro El hombre en busca de sentido no me canso de recomendar.

Es evidente que estas cuestiones llevan aparejadas reflexiones personales que a veces están lejos de los automatismos del día a día. Pero tiene a su vez una incidencia directa con el propósito real de la educación formal y familiar que, dudo si nos hemos olvidado, no es otro que el poder descubrir el talento de toda persona por encima del salto de vallas que supone demostrar que se van adquiriendo una serie de conocimientos. Continuando con la conjetura, en la medida en que la experiencia formativa y educativa sea capaz de acercar a las personas a descubrir y trabajar su Ikigai, el impacto de su actividad redundará en beneficio de su comunidad, de ellas mismas, y de su calidad de vida. La microeconomía estudia el comportamiento económico de los individuos y su capacidad de generar recursos para satisfacer dichas necesidades, en una búsqueda de una óptima distribución de esos recursos. Quizás, más allá de analizar comportamientos y síntomas, sea hora de seguir profundizando, en primer lugar siendo conscientes de los principios subyacentes que guían nuestros comportamientos individuales. Y en segundo, evitando ir como pollos sin cabeza para un día darse cuenta de que era la diana la que teníamos mal enfocada.

Mondragon Unibertsitatea. Investigación y Transferencia