En mi miedo mando yo

Alexander Kristoff, primer líder en un caótico estreno del Tour de Francia

Acribillado por la lluvia y víctima de las caídas, el pelotón frena en el inicio del Tour, donde gana Kristoff

29.08.2020 | 18:15

¡Ah, Niza! Allí donde se hamaca la Francia pudiente, con esas playas de cantos rodados incrustados en la Costa Azul, la mar donde anclan los yates, los sueños y el Moët Chandon burbujea en la garganta de los vividores. Evoca Niza al verano y al serpenteo en una descapotable con sombrero. ¡Ay, Niza! Que en casi septiembre duele y no es tan veraniega y llueve y el suelo, de espejo, trae preocupación e incertidumbre como la pandemia del coronavirus, que obliga al Tour a ponerse la mascarilla, guardar la distancia social y embadurnarse de gel hidroalcohólico. En esas, Christian Prudhomme, director de la carrera, bajó la bandera. Nadie corre más que el covid-19. Así arrancó el Tour, huyendo del miedo para adentrarse en lo desconocido, que adquiere un matiz psicológico aún más perverso en los ciclistas cuando llueve. El pelotón que se protege del coronavirus, se encontró con el terror, el del suelo inestable, enjabonado, resbaladizo, peligroso, paralizante. Se produjeron caídas en cascada y el instinto de supervivencia, tan humano, salió a flote. Balbuceantes y a gatas, los ciclistas se abrazaron. El miedo compartido lo es menos. En ese gesto, no hubo disidentes salvo el espíritu rebelde del Astana, que entendió que una carrera no ha de frenar si no es porque lo determinan los jueces y la amenaza de las caídas es inherente al ciclismo. El resto, acaudillados por Tony Martin, certificó la idea de evitar riesgos y solo aceleró para el esprint, donde resolvió tremebundo Alexander Kristoff, primer líder del caos.


Pinot se duele tras la caída en la primera etapa del Tour de Francia. AFP


Antes de congelar la carrera, Schär, Grellier y Gautier salieron despavoridos. El Tour es un coloso en llamas por los nervios, la tensión y la agresividad, más agitado el ciclismo si cabe desde su regreso. La carrera francesa intensificó esas emociones. Por eso, en un asfalto que supuró peligro, las caídas cosieron el amanecer del Tour, resfriado el cielo, lloroso, recordando al Tour que está fuera de plazo, que este trozo de calendario no le pertenece. Ajuste de cuentas. Pavel Sivakov, el caballo de tiro de Bernal en Ineos, probó el suelo. El codo y la rodilla le sangraron como lágrimas en la lluvia. Se descolgó el ruso, cruzado, mordido por los dos costados, de la percha del Tour, que no espera nadie. Julian Alaphilippe, neón de la pasada edición, se enredó en otro accidente. También Miguel Ángel López, líder del Astana, se estampó y Omar Fraile se enganchó. En ese ecosistema de pura supervivencia, en medio de la charca, boqueó Dumoulin, miedoso con la lluvia. Latour comprobó que Niza con lluvia no es el sueño de la burguesía francesa y Thibaut Pinot, que incluso casi en parado a uno se le puede romper el Tour en una caída.




Ametrallando la lluvia, la carretera de espejo reflejó los rostros de pánico que intentaban adivinar quién sería el próximo en caer. Un macabro juego. La ruleta rusa mandaba en el casino de Niza. En el paseo marítimo, Mikel Nieve dio con sus huesos en el suelo antes de que sonara la campana de la última vuelta. Un ticket en el pasaje del terror. Allí se adentró Richie Porte, negado con el Tour. Otra vez a contracorriente. El desfogue del Tour era un mar de miedo y de carne trémula. Una pista de patinaje. En esas, Fraile ordenó el descenso después de que Schär, en el epílogo de su aventura, puntuara en la Côte de Rimeiz. El Astana quería agitar la etapa hasta que llegó el comandante Martin y mandó parar. Pacto de no agresión. Safety car. El poder paralizador del miedo, de la ausencia de un futuro cercano, selló el armisticio entre los equipos que imaginan los Campos Elíseos. Se impuso la prevención de riesgos laborales a la adrenalina de la competición. Ralentizada la marcha, del galope desbocado al trote, la cháchara se coló en el pelotón. Cambió la ambientación. Luces tenues y tonos pastel.



Mikel Nieve en el suelo en la primera etapa del Tour de Francia. AFP

SUPERMAN SE ESTAMPA

Gorka Izagirre, hijo de la lluvia, no parecía muy de acuerdo con todo aquello y expresó su malestar a Martin, que era el emisario de Roglic y Dumoulin y probablemente el portavoz del cónclave de capos. El consenso ganó la partida. Al menos durante un rato. Astana se rebeló. Quería competir. Fue un pequeño lapsus. Fraile lideró el descenso, con Gorka Izagirre a su estela. El de Ormaiztegi abrió las aguas para Superman López, pero el colombiano trazó mal y derrapó de punta a punta antes de estamparse. Se golpeó contra una señal de tráfico o una del destino, quién sabe. Ion Izagirre le prestó la bici. López regresó al redil después de que el accidente le mudara el gesto. El susto amainó el ruido de los sables. Quedó bloqueada la carrera, neutralizada sin la intervención de los jueces, a la espera del sol, que no tenía intención de asomar. Arrancado el riesgo, brotó la chanza y el solaz. El peso de la hermandad. Camaradas del sindicato de la precaución.

 

Alexander Kristoff consigue el primer maillot amarillo del Tour de Francia del coronavirus. AFP

 

Incluso con la etapa a ritmo cicloturista y con tiempo suficiente para el paisajismo, George Bennett se trastabilló. La carrera recuperó el pulso y tal vez la vergüenza cuando restaban 20 kilómetros para la meta después del anticlímax, de una competición que no lo era. La organización determinó que los tiempos de la general se tomarían a tres kilómetros de meta. La etapa aún más capada y afeitada. Eliminado otro elemento de riesgo, Thibaut Pinot se cayó. Ciclistas como bolos. Armado el esprint en petit comité, Alexander Kristoff no hizo prisioneros. Derrotó a Mads Pedersen. No había sitio para el arcoíris en Niza, donde se desató la tormenta. En mi miedo mando yo.